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La encuestadora le preguntó

"El sentido que se me aguza más cuando estoy en la cama con una mujer es el del oído"

La encuestadora le preguntó a un sujeto: "¿Cuál es el sentido que se le aguza más cuando está usted haciendo el amor con una mujer?". La mayoría de las respuestas que recibía iban por el lado de la vista y el tacto, y aun había algunos que mencionaban el gusto (muy su gusto). Para sorpresa de la entrevistadora el tipo respondió: "El sentido que se me aguza más cuando estoy en la cama con una mujer es el del oído". "¿Cómo es eso?" -se extrañó la muchacha. "Sí -confirmó el individuo-. Lo necesito para oír los pasos del marido". Menuda faena espera a Quirino Ordaz si se le ratifica como embajador de México en España. Deberá remendar lo que han rasgado los ocupantes del Palacio Nacional y el grupúsculo de historiadores oficiales que los acompañan, tan semejantes a los burócratas de la Historia que la deshicieron a lo largo de la larga dominación priista. ¿H. Apareció aquí hace quizás una veintena de años, y sale de nueva cuenta para que lo conozcan mis nuevas generaciones de lectores. Don Soreco -su nombre nos lo dice- era corto de oído. Otras cortedades sufría el buen señor, pero no viene al caso mencionarlas pues eso constituiría una invasión a su privacidad. En cierta ocasión asistió a un retiro espiritual. Al llegar supo que debería compartir su habitación con otro de los participantes en el piadoso evento. Estaba ya en el lecho la víspera del día en que iba a comenzar el ejercicio cuando entró a la alcoba el que sería su compañero de cuarto, un mozallón de estatura procerosa y músculos de herrero. "Dante Huerta", se presentó cortés y urbano. "¿Qué dices, insensato? -prorrumpió hecho una furia don Soreco al tiempo que saltaba de la cama y cogía su paraguas para usarlo como arma defensiva-. ¡Por ningún motivo haré yo eso! ¡Antes muerto que deshonorado! ¡Vine aquí en busca de paz del alma y mortificación del cuerpo -sobre todo por la comida- y me topo con un degenerado, pervertido, depravado, corrompido, encanallado, envilecido y descarriado! ¡Largo de aquí, bergante, si no quieres que te entregue a la justicia humana, que la divina te alcanzará seguramente el día que ante ella comparezcas!". Confuso y aturdido quedó el joven al escuchar aquella andanada de improperios y amenazas. "No entiendo, señor -atinó a balbucir con desconcierto-. ¿Por qué me dice usted todo eso? Yo lo único que hice fue darle mi nombre: Dante Huerta". "¡Caray, muchacho, perdóname!" -se disculpó, apenado, don Soreco-. Soy un poco duro de oído, y lo que escuché fue: 'Date vuelta'". FIN.

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