De política y cosas peores

La entrañable tradición del árbol navideño, tan lleno de bellezas y significados, se desvirtuó para adular la ideología política del régimen reinante

Por: Armando Fuentes (Catón)

"Cien posiciones para hacer el amor". Tal era el título del libro que aquel autor presentó a una editorial para que se lo publicara. "¿Cien posiciones?  -se sorprendió el editor, hombre parsimonioso y atildado-. Yo sólo conozco una". "¿Ah sí? -se interesó el escritor-. ¿Cuál es?". "Bueno -replicó el de la editorial, no sin azararse un poco-. La mujer se acuesta de espaldas en el lecho; el hombre se coloca sobre ella y.". "¡Ah! -exclamó el autor con entusiasmo al tiempo que tomaba pluma y lápiz para apuntar-. ¡Ciento una posiciones para hacer el amor!"... (Nota. En tiempos pasados tal era la única posición en que las ahora llamadas sexoservidoras accedían a desempeñar su oficio. Si el cliente les sugería cualquier otra postura ellas se ofendían mortalmente. "¡Ah no! -rechazaban encalabrinadas-. ¡Soy puta pero decente!"). En ocasiones los dogmatismos llegan a extremos que serían risibles si no es porque se vuelven molestos e irritantes. Un ejemplo es el adefesio que se instaló en el patio llamado del Federalismo, en el Senado. Entiendo que dicho bodrio, el cual pretende ser pino de Navidad, se encendió ayer. Debió haberse incendiado, diría un extremista. La entrañable tradición del árbol navideño, tan lleno de bellezas y significados, se desvirtuó para adular la ideología política del régimen reinante, y nos hace retroceder al tiempo del callismo, cuando se pretendió sembrar en los niños la idea de que los regalos de la temporada no les eran traídos por el Niño Dios, ni por los Reyes Magos o Santo Clos, sino por Quetzalcóatl. Un pino de Navidad en el cual campea una serpiente no tiene nada de navideño, y atenta contra el espíritu de estos días, que es de paz y concordia, a fin de estar a tono con el rancio y elemental nacionalismo esgrimido por la 4T, la de las cartas al Rey de España y al Papa, la del cambio de nombre al Árbol de la Noche Triste, etcétera. Con sobra de razón ambos personajes nos mandaron por sendos tubos; real el uno, pontifical el otro. Y eso del nacionalismo chabacano y ramplón no es la más grande falla del tal pino. Su mayor defecto es la fealdad. ¡Qué mal se ve esa víbora serpeando por las ramas del pino de Navidad, lo mismo que la antiestética figura en la cual remata! Afear lo que de por sí es bello es grave culpa. Los manes del buen diseño y el buen gusto se la perdonen a quien la cometió. En un apartado sitio del bosque de Chapultepec un joven atleta en ropas muy menores hacía el ejercicio llamado "lagartijas". Pasó por ahí un borrachito, lo vio y rompió a reír con burlonas carcajadas. "¿De qué te ríes?" -le preguntó el deportista, atufado-. ¡Te sacaron de abajo la muchacha y ni te diste cuenta!". Don Vetustiano, señor de edad madura pero aún con eróticos impulsos, se alegró sobremanera cuando una hermosa mujer de mirada incitativa y curvilíneas formas llegó a vivir, sola, en el departamento de al lado. Al día siguiente de su llegada el añoso señor le sugirió a su esposa: "Deberíamos ir a darle la bienvenida a la vecina, y a ponernos a sus órdenes". "Si quieres ve tú -respondió con acritud la doña-. A mí no me cayó bien esa mujer desde que la vi". Fue, pues, don Vetustiano, y llevó consigo, escondiéndola bajo su saco, una cajita de galletas como obsequio. Más de una hora transcurrió, y no volvía. Su esposa, amoscada, fue y llamó a la puerta de la vecina. Apareció ella cubierta sólo por una bata que, se notaba a leguas, se había puesto apresuradamente. Le dijo en tono acre la señora: "Mi marido se está tardando mucho". "Es cierto -admitió la mujer-. Y créame usted: a sus años una interrupción como ésta no le ayuda nada". FIN.

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