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Víctimas de la violencia

Aunque muchos, principalmente en los gobiernos, no acepten que la violencia no solamente mata a quienes se van a la tumba sino a quienes se quedan a velarlos y asumir que un ser querido ya no estará más a su lado, poco se hace para reforzar la atención a los deudos.

Cuando la inseguridad se asoma a un hogar, quedan padres, madres, hijos, hermanos, sobrinos, tíos o esposos en la orfandad.

Víctimas de la violencia
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Es, debe ser, muy doloroso perder a un ser amado. Muchos padres asumen que hubieran preferido ser ellos los fallecidos y no sus hijos, pues es el dolor más indescriptible de esta vida.

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Las autoridades por su lado solamente presentan estadísticas de ejecuciones y se olvidan no solamente de hacer las investigaciones sino de que alrededor de esa persona muerta estaban familiares que, con el suceso, han quedado desconsolados, deshechos en lo físico y lo anímico.

Hoy, esos padres o parientes en general se quedan no solamente con la ausencia física sino con las secuelas emocionales por el tránsito de un proceso luctuoso que desmaya cualquier intento por olvidar los momentos vividos al lado del ser querido.

Y a esas personas, sobre todo a los niños, las autoridades las olvidan. Piensan que el tiempo se encargará de borrar cualquier dolor y por lo mismo los programas de acompañamiento emocional, psicológico, se quedan solamente en el discurso.

También como sociedad se debe actuar oportunamente en la atención de los dolientes. Por un lado, se debe exigir al Gobierno que aplique todos aquellos mecanismos de atención mental para que la persona afectada asimile la pérdida con dosis de fortaleza espiritual y física.

Y aunque sabemos que como seres humanos difícilmente se puede liberar del dolor a una persona como por arte de magia, sí se puede acudir con el vecino o vecina afectados y escucharlos, atenderlos, ser empáticos con su pena y proporcionar la ayuda necesaria sin dejar de respetar su proceso tan intenso.

La psicóloga Pilar Pastor señala a propósito de este tema:

"El duelo duele y que exista dolor es parte inherente del proceso. Escuchar realmente a alguien que está sufriendo, estar a su lado de forma auténtica, con cariño y cuidado es una ayuda fundamental y de gran valor. Si no se sabe qué decir, es mejor no decir nada. Reconforta más un acompañamiento en silencio o una mano en el hombro que una frase hecha".

Es urgente, pues, que el Gobierno se ponga las pilas y, sin importar que le queden dos o tres meses al frente de la administración, acuda en auxilio de las víctimas de la violencia, sin preguntas que remuevan las heridas, sin revictimizar a los dolientes y sin querer encontrar culpables cuando solamente hay personas en duelo.

Y el resto de la sociedad también debe actuar en función de lo que los expertos señalan:

"Compartir con el doliente cómo hemos vivido nosotros otras pérdidas. No todos sentimos igual ni con la misma intensidad, pero compartir nuestra propia experiencia puede resultarle útil y beneficioso. Dejarse guiar por el respeto a la vivencia del otro (la experiencia de duelo es subjetiva y, por lo tanto, muy personal) y estar junto al doliente desde la autenticidad son dos factores clave en la ayuda en el duelo".

Seamos mejores ciudadanos. Seamos mejores vecinos o compañeros de trabajo ante estas difíciles condiciones. Solamente así iremos creando una mejor sociedad.

Comentarios: francisco@diariodelyaqui.mx