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¿Sueños de opio?

Cual animal hambriento me dejé llevar por un dulce olor que inundaba el ambiente. Entonces noté que por una ranura en la banqueta salía una minúscula columna de humo

Cual animal hambriento me dejé llevar por un dulce olor que inundaba el ambiente. Entonces noté que por una ranura en la banqueta salía una minúscula columna de humo. De ahí venía el aroma. Me agaché y descubrí que sobre la banqueta estaba un pedazo de lámina gruesa y al moverla encontré unas escaleras desde donde se veía un pasillo levemente iluminado por el fuego de unas velas que bailaba lentamente. El olor se tornó más intenso. Pregunté si había alguien ahí, y nadie me contestó. Solo alcancé a escuchar unos tosidos. Sin pensarlo mucho, porque si lo hacía no me metía, comencé a bajar los escalones. Por más que abría los ojos no alcanzaba a ver bien. En eso escuché a alguien que dijo quedamente— “¿Qué buscas aquí?”

Volteé, pero no vi a nadie, solo un par de ojos cristalizados en penumbras. Sentí miedo. De pronto alguien comenzó a reír. El aroma se tornó más intenso. Saqué mi celular y encendí la lámpara y vi que estaban junto a mí un par de personas entradas en años. Eran unos chinos sentados en el piso y con unas largas pipas de madera cada uno. — ¿Qué es eso que fuman que huele tan extraño? Pregunté. Y soltaron la risa. —“Anda, fuma esto y no preguntes tanto”, dijo uno de ellos y me acercó la pipa y el encendedor. Sin decir nada lo prendí y le jalé. Me supo amargo y dulce a la vez; la segunda prendida me soltó la tos. Y en un momento ya me había acabado todo lo que tenía la pipa. —“Toma asiento” dijo uno de ellos. Y así lo hice. De pronto me sentí confortablemente adormecido. Los párpados me pesaban como anclas de un barco. Mis ojos se me fueron cerrando y me recosté un poco. Todo estaba en silencio; sólo se sentí una leve vibración provocada por los carros y camiones que pasaban por la calle arriba de nosotros. Sentí cómo corría un hilo de aire a mí alrededor. Aire fresco…que me fue llevando dejos de ahí…

Jesús Huerta Suárez
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Volteé, pero no vi a nadie, solo un par de ojos cristalizados en penumbras. Sentí miedo. De pronto alguien comenzó a reír. El aroma se tornó más intenso. Saqué mi celular y encendí la lámpara y vi que estaban junto a mí un par de personas entradas en años. Eran unos chinos sentados en el piso y con unas largas pipas de madera cada uno. — ¿Qué es eso que fuman que huele tan extraño? Pregunté. Y soltaron la risa. —“Anda, fuma esto y no preguntes tanto”, dijo uno de ellos y me acercó la pipa y el encendedor. Sin decir nada lo prendí y le jalé. Me supo amargo y dulce a la vez; la segunda prendida me soltó la tos. Y en un momento ya me había acabado todo lo que tenía la pipa. —“Toma asiento” dijo uno de ellos. Y así lo hice. De pronto me sentí confortablemente adormecido. Los párpados me pesaban como anclas de un barco. Mis ojos se me fueron cerrando y me recosté un poco. Todo estaba en silencio; sólo se sentí una leve vibración provocada por los carros y camiones que pasaban por la calle arriba de nosotros. Sentí cómo corría un hilo de aire a mí alrededor. Aire fresco…que me fue llevando dejos de ahí…

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En la pared fosforescente había un letrero que decía “No le compro ni le vendo al chino”… y por la ventana sin vidrios alcancé a ver cerros de personas muertas; chinos llorando a su gente que moría a manos de extranjeros y millones de ellos como esclavos en su propia tierra que estaban en los puros huesos. Parecían hormigas. Todos iguales. Luego se empezaron a organizar y se pusieron a trabajar sin descanso alguno. No dejaban de nacer chinos y más chinos, y pronto se fueron yendo por todas las rutas del mundo buscando un lugar para quedarse. En el trabajo eran capaces de concentrarse en lo que hacían y capaces de trabajar más que cualquier otra raza en el mundo. El orgullo de su origen era su bandera. Sus productos fueron desplazando los de los otros países. Comenzaron a dominar el mundo. La gente de otros lados comenzó a hablar su idioma. Montañas de oro y billetes que llegaban hasta el cielo abundaban en su tierra y en donde quiera que ellos estaban. Con eso comenzaron a comprar tierras y bienes en todo el orbe. Su meta era dominar el mundo y lo estaban haciendo. Sabía que pronto todos seríamos sus esclavos, mientras ellos decían, “¿Ah, sí?, ¿se trata de ver quién tiene más dinero y poder a costa de lo que sea?” “¡Pues aquí vamos, somos China y estamos dominando el mundo!” gritaban millones empuñando su bandera…

De pronto desperté sobresaltado; sentí miedo otra vez. Me puse de pie y salí corriendo del lugar. Subí las escaleras, el pasadizo era bajo las calles Guerrero y Sinaloa, en el Centro de Obregón.