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¿Por qué?

¡En Obregón, Sonora, hasta en los juzgados matan!

Apenas estaba asimilando el asesinato de un pequeño de tres años a una cuadra de la Comandancia de Policía, cuando me entero del cobarde asesinato de mi querido amigo Carlitos. El mismo que había visto unas horas antes y quien me confesó que iría al Juzgado de lo Familiar a pedir que se “apiadaran” de él los que traían un litigio, el cual ya había perdido y, aun así, le querían seguir haciendo daño sin que lo mereciera en lo absoluto y como si él les hubiera pedido ser su hijo. Pero ahí estaba el pobre pidiendo “tregua” a sus familiares para que lo dejaran en paz con tal de poder cuidar de tiempo completo a su madre quien sufre de grave enfermedad terminal. Y, fue ahí, en el mismo juzgado, hasta donde llegó el maldito asesino, su tío, que a sangre fría y por la espalda le arrebató la vida a los 27 años sólo porque “no era de su sangre”, al ser adoptado… pero mira que ¡en Obregón, Sonora, hasta en los juzgados matan! Y luego sale la fiscal a declarar sin ton ni son sobre el caso; lo mismo que hicieron la mayoría de los medios de comunicación que viven de la nota roja sin importarles el daño moral que hacen a los deudos y a la población en general con sus suposiciones y malversaciones de los hechos, pero esa es otra historia.

El caso es que andamos muy mal en casi todo en estas tierras alejadas de Dios, o del bien, como quieran llamarle. No hay autoridades que garanticen la seguridad de la gente; no hay quien ponga orden; casi no hay quien dé buenos ejemplos; tenemos la ciudad hecha un cuchitril. Los buenos parecen estar agazapados en la oscuridad, los malos hacen y deshacen; los apáticos solo están esperando la raya del día para evadirse con la droga que más les gusta, y así, a un grado que raya en lo desesperante.

¿Por qué?
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El caso es que andamos muy mal en casi todo en estas tierras alejadas de Dios, o del bien, como quieran llamarle. No hay autoridades que garanticen la seguridad de la gente; no hay quien ponga orden; casi no hay quien dé buenos ejemplos; tenemos la ciudad hecha un cuchitril. Los buenos parecen estar agazapados en la oscuridad, los malos hacen y deshacen; los apáticos solo están esperando la raya del día para evadirse con la droga que más les gusta, y así, a un grado que raya en lo desesperante.

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Pero, sinceramente, no creo sano buscar culpables porque ahí nos van a hallar, sobre todo porque de una manera u otra, todos tenemos vela en estos entierros; creo más “sano” encontrar las posibles razones por las que estamos así: en un micro infierno en donde la vida no vale nada.

Yo creo que la causa principal de esta violencia inédita que estamos viviendo es resultado de no tomar en serio la responsabilidad de tener hijos. En la mayoría de los casos los hijos no son más que el resultado de la lujuria, del deseo de la carne de los que los engendran y no les dan el suficiente amor y educación. No basta con que los papás se mantengan unidos para asegurarles cariño, educación y buenos ejemplos. Crear hombres y mujeres de bien es algo mucho más complejo, tanto que los hijos son resultado de un acto placentero para ver quién se anima a tenerlos por la responsabilidad que esto implica, pero resulta que lo que más une a las parejas son, precisamente, esos momentos de placer que el fruto mismo de su cópula. ¿Crees que un asesino a sangre fría es alguien que creció con amor y cariño? Yo tampoco; seguro debe haber sus excepciones, pero no es lo común. ¿Crees que alguien que fue querido y educado sea capaz de robar con violencia para darse sus gustos? No creo. Eso sin contar la química sanguínea que pudiera resultar en la criatura de entre las parejas y los medios de comunicación que no hacen más que fomentar los antivalores.

Yo me seguiré preguntado el por qué estamos así, aunque el cura de la iglesia diga que dejaremos de sufrir por lo que sucede a nuestro alrededor cuando dejemos de preguntarnos el porqué. ¿Por qué?


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