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Me hizo temblar

Un día entero me tuvo sin dejarme salir de la cama

"Me hizo temblar, enfebrecerme toda, sentir que iba a morir. Un día entero me tuvo sin dejarme salir de la cama. Cuando por fin se fue quedé agotada, exhausta, sin fuerzas ni aun para moverme". Eso le contó Susiflor a Dulcibel. Preguntó ésta, admirada: "¿Qué hombre maravilloso fue ése que te hizo experimentar tales sensaciones?". "Ningún hombre -precisó Susiflor-. Te estoy hablando de mi último catarro". Don Jaleyo miraba por la ventana con su telescopio de astrónomo amateur. Quiso saber su esposa: "Ese planeta que ves todas las noches ¿ya se está desvistiendo?". El célebre científico estaba acostado en la mesa de exámenes de su laboratorio. Junto a él se hallaba su joven y bella asistente. Le dijo la muchacha a su salaz maestro: "Es cierto, sir Geno: usted me avisó que esta noche trataríamos de reproducir la vida en condiciones de laboratorio. Pero no pensé que de este modo". Pepito llegó a su casa de regreso de la escuela y les comunicó a sus papis: "Hoy tuvimos nuestra primera clase de educación sexual. Y si siguen ustedes creyendo en eso de las florecitas y las abejitas se van a llevar una sorpresa muy grande". Conocemos bien a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Con su esposa y su suegra fue a ver al Mago Londrino, recién llegado -decía el cartel- de Transilvania, su país natal, aunque al hablar tenía un marcado acento tepiteño. El artista anunció que iba a llevar a cabo el acto cumbre de su espectáculo: partiría en dos a una persona del público. Para ello pidió que un voluntario o voluntaria subiera al escenario. La suegra de Capronio gustaba de lucirse, así que se apresuró a subir, lo cual hizo con notable ligereza si se toman en cuenta su edad y tonelaje. El mago la hizo entrar en una caja, la cerró y con un gran serrucho procedió a partir la caja en dos. Un nutrido aplauso celebró la hazaña. Capronio fue hacia el foro, le pidió al mago que se acercara y le dijo en voz baja: "¿Cuánto quieres por no volver a pegarla?". Candidito conoció a una linda muchacha de nombre Tartarina y se enamoró perdidamente de ella. Poseído de pasión la invitó a ir esa noche al Ensalivadero, romántico paraje al que solían ir las parejitas en situación húmeda. Para sorpresa del ingenuo chico Tartarina le dijo que estarían más cómodos en una de las habitaciones del Motel Kamawa, especialmente la 210, que era la única cuya cama no rechinaba y donde el agua caliente de la ducha tardaba menos en salir. Fueron, pues, al dicho establecimiento, cuyo encargado recibió a Tartarina con grandes muestras de afecto, y le ofreció el descuento de costumbre. Ninguna de esas señas hizo sospechar a Candidito de la virtud de su dulcinea. Bien lo dice la frase consagrada: el amor es ciego. (Así justificó cierto avieso galán los toqueteos a su novia en la oscuridad de la sala cinematográfica. Le explicó: "El amor es ciego, mi vida, y estoy usando el método Braille"). Bien pronto Candidito y Tartarina estuvieron entregados al carnal deliquio. En medio del trance le preguntó él, vehemente, a ella: "¿Me amas, cielo mío?". Replicó Tartarina: "¿Qué diablos tiene qué ver el amor con esto?". Doña Gelata es sumamente fría en el renglón de lo amoroso. Se casó porque todas sus amigas ya lo habían hecho, pero el matrimonio no la atraía ni tantito. Así, sólo le permitía a su marido acercarse a ella cuando el señor cumplía años, y eso porque él le decía que ése era su regalo. En esta ocasión, cuando llegó la fecha, la fría señora le preguntó a su esposo qué quería que le regalara. Respondió él, humilde: "Lo mismo de cada año". "¡Eres un erotómano! -se indignó doña Gelata-. ¿No puedes pensar en otra cosa que no sea el sexo?". FIN.

Me hizo temblar
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