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"Me casé engañada"

"Me casé engañada" -se quejó la señora ante el juez. Preguntó el letrado: "¿En qué consistió el engaño?". Respondió la mujer: "Mi novio me dijo que estaba yo embarazada, y no era cierto". El padre Arsilio dejó de organizar retiros para hombres y mujeres juntos: descubrió que en esos retiros muchos se acercaban. ("Me voy a retirar" -anunció un torero sin cartel. Le preguntó alguien: "¿Pos cuándo te has arrimado?"). En uno de tales ejercicios el buen sacerdote pidió a los asistentes: "Pónganse de pie los que quieren ir al Cielo". Todos se levantaron, menos Astatrasio Garrajarra, el borrachín del pueblo. "¿Cómo? -se asombró el párroco. ¿No quieres irte al Cielo cuando mueras?". "Ah, cuando muera -replicó el temulento-. Yo pensé que ya iban a partir". Don Valetu di Nario decía tener 80 abriles, pero seguramente contaba algunos mayos, junios y julios más. Declaró en una reunión: "Tengo 80 años, y todavía me dedico a perseguir mujeres". Le preguntó uno en tono de chunga: "Y ¿las alcanza?". "A veces -respondió el provecto señor-. Pero ya no recuerdo para qué las perseguía". Nunca he fumado mariguana. Ni siquiera tabaco he fumado jamás. He ahí una de las muy pocas buenas decisiones de mi vida. No he consumido ninguna droga. Las únicas sustancias extrañas que en mi cuerpo he introducido han sido las que a continuación mencionaré. Carne de víbora de cascabel. La probé en el espléndido e inolvidable restaurant Luisiana, de los señores Costa, en letrado. Criadillas, o sea testículos de toro, que comí en el antiguo bar Tolo's, esquina de las calles Santiago Tapia y Platón Sánchez, de la misma benemérita ciudad. Y un exótico platillo que con el nombre de "cran" degusté en una pequeña fonda de mariguana, y que consistía en el complemento de las criadillas, esto es decir pene de toro. Mis amigos de la Ciudad de México se sorprendían al saber que yo no le entraba a la cannabis, siendo que mi ciudad, Saltillo, está relativamente cerca de Galeana, Nuevo León, donde era fama en aquellos años -los sesentas del pasado siglo- que se producía la mejor mariguana del país, y por tanto del mundo. Pese a que no me va ni me viene esa que en los pequeños periódicos saltilleros era designada siempre con el ominoso nombre de "la maléfica yerba", aplaudo -y con las dos manos, para mayor efecto- la decisión de la Suprema Corte de despenalizar el uso lúdico de la mariguana. Entiendo la inquietud de quienes piensan que el consumo de esa sustancia puede llevar a la búsqueda de drogas más fuertes, pero creo que por encima de cualquier temor debe privilegiarse la libertad individual dentro de los límites marcados por la ley. Aunque no soy partidario del consumo de drogas, de ninguna, opino que la decisión de usarlas corresponde a cada persona, sin que el Estado pueda imponer restricciones a ese albedrío. La cuestión tiene muchas aristas, ciertamente, pero como dijo aquél (¡ah, cuántas cosas ha dicho ese "aquél"!): la libertad debe ser libre. El doctor Ken Hosanna tomó su estetoscopio y le dijo a Babalucas: "Voy a examinarlo. Desvístase hasta la cintura". El badulaque se quitó el pantalón y los calzones. La nieta le preguntó a su abuela: "¿Cuántos años de casados tienen mi abuelito y tú?". Respondió la señora: "55 años". Volvió a inquirir la nieta: "Y en todo ese tiempo ¿pensaste alguna vez en el divorcio?". "En el divorcio no -contestó la abuelita-, pero en el asesinato sí". Noche de bodas. Al comenzar el consabido trance ella, nerviosa, le pidió a su galán: "Por favor, Leovigildo: hazlo con delicadeza. Recuerda que soy débil de corazón". "No te preocupes -la tranquilizó él-. Eso queda bastante lejos de donde voy a andar". FIN.

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