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La muerte chiquita

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“Una tarde de verano, cuando estaba morro, intenté matarme por unos problemas que me inquietaban y tomé la fatal decisión. Esa tarde, aproveché que estaba cuidando la casa de una tía que andaba de vacaciones y saqué del botiquín unos frascos de pastillas, de las muchas que ella toma. Junté de todas y me eché un puño a la boca y me eché unos buenos tragos de tequila para pasármelas, y me puse a escribir una carta póstuma mientras me hacían efecto. Como a la media hora de habérmelas tomado comencé a sentir una extraña sensación en todo el cuerpo. Luego sentí escalofríos y temblores que me obligaron a recargarme en una mesa, pero al intentarlo me caí de espalda. Sentía el cuerpo pesado y la vista se me nubló. Entonces el miedo se apoderó de mí. Poco a poco los pensamientos se me fueron borrando. Un fuerte dolor me subía del estómago a la cabeza. Tenía la boca seca y se me fue llenando de espuma. Una espuma muy amarga. Intentaba parame para ver qué hacía, pero no podía. Ya no sentía la respiración y, en cuestión de minutos, sentí como si el cuerpo se hubiera separado de la mente. Mi cuerpo yacía inerte en el suelo. Seguía sin poder respirar bien, y de pronto comencé a flotar. Me vi desde arriba con lástima. Ese cuerpo que me había acompañado por años ya no me pertenecía. Ahora, no era más que un saco de huesos y carne amarillenta. Sentí mucha culpa y me preguntaba una y otra vez por qué había hecho eso. Quise llorar, pero no me salieron las lágrimas. Entendí que se me había escapado la chispa divina de la vida. ¡Estaba muerto!

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“Y de repente me vi sentado en un portal, como esperando a alguien.  De pronto, todas esas personas que desprecié y que odié en la vida, fueron apareciendo una a una a mí alrededor. Caminaban a mi lado en un silencio ensordecedor. Ni siquiera me volteaban a ver. Marchaban en círculo con la cara larga. Me sorprendió ver entre esas personas también a gente que nunca les dije que las apreciaba. Personas que siempre me fueron indiferentes; que nunca las tomé en cuenta y que ahora estaban en mi lecho de muerte. Unas me señalaban y en sus dedos tenían serpientes queriendo atacarme. Ya era demasiado tarde?

“Luego, fueron apareciendo personas a las que sí quise, entre ellas mis padres y mi familia y las quería abrazar, pero no podía.  Apareció, también, junto a mí, quien pensé que era mi Ángel de la Guarda, un ser de luz que hacía malabares en el aire y que en ningún momento me abandonó, al contrario, parecía que quería jugar conmigo y eso me trajo un poco de paz momentánea.

“En el fondo escuché llantos y el sonido de una ambulancia.  De pronto volví a sentir el cuerpo; lo sentía caliente y empapado en sudor. Recuerdo que cuando me subieron a la ambulancia, todo estaba oscuro, hasta que poco a poco un rayo de luz comenzó a iluminarme los ojos. Una luz que más que miedo, me dio confianza. El albor se fue haciendo más intenso. Me pareció el clásico túnel ese del que muchos hablan, que me jalaba a su interior. Todo se volvió confusión y al fondo escuché una dulce voz que me hablaba, pero que no entendía lo que decía. No parecía como si me estuvieran regañando, más bien como que me decían algo dulce. Me sentí flotando en un mundo extraño y diferente a todo lo que conocía. Luego la luz se apagó y comencé a sentir la respiración?

“El cuerpo me dolía y sentía que las entrañas me ardían. Era un dolor muy fuerte, pero que al escuchar la voz de mi madre a mi lado, fue disminuyendo. De pronto, pude abrí los ojos y tenía ante mí a mis padres y a unos doctores. Estaba en una cama del Seguro Social. Estaba entre los vivos, de nuevo. Ahora ya sabía lo que se siente estar muerto, y por eso puedo decir que prefiero estar vivo”,

afirmó el Ramón y no supe qué decirle.

“Les puedo jurar que no hay cielo, pero rezo porque no haya infierno” Blood, Sweat & Tears.

Jesushuerta3000@hotmail.com