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La casa de la abuela

Si no hubiera sido porque me regreso a la casa porque olvidé el celular

el Edgar hubiera matado a mi hijo. Entré y lo estaba ahorcando con todas sus fuerzas. El pobre ya estaba morado y con los ojos torcidos…un minuto más y estoy seguro que mi propio sobrino hubiera matado a mi hijo menor. Y es que ese Edgar desde muy chiquito era un maldito. Mataba gatos, perros, pájaros; hacía destrozos de lo que fuera. Era grosero con su mamá y con mi abuela. Nunca supe por qué sería así, pero se le veía en la cara que era tremendo. Nunca estaba conforme; era hiperactivo y peleonero. No respetaba nada ni a nadie. Es como si estuviera embrujado o no sé qué diablos le pasaba. No llegó ni a la prepa porque de todas las escuelas lo corrían, no tanto por burro, sino por agresivo. Esa es la palabra: agresivo. No sabía otra cosa que pelear, aunque, debo admitir que era muy bueno para los deportes y para saltar rampas en bicicleta. En la cancha sacaba toda su energía y lo hacía muy bien. De ahí en fuera, no le conocía otra gracia.

Este sobrino, el Edgar, llegó a la familia porque una señora se lo regaló a mi tía Raquel quien no pudo tener hijos y se quedó con él. Mi tía vivía a un lado de la casa de la abuela, en donde era el punto de reunión de la familia. La casa de la abuela era el centro del universo para nosotros; ahí llegábamos todos y ahí pasamos grandes momentos unidos al calor de las risas, las comidas, las cervezas y hasta de las lágrimas que nos provocaba algún deceso o algún problema de alguno de nosotros. La abuela era de lo más cariñosa del mundo. Siempre amable y servicial con todos, quizá por eso fue que ahí pasamos nuestra niñez y parte de nuestra juventud, y donde después pasaron parte de su niñez nuestros hijos y sobrinos. Fueron tiempos inolvidables.

La casa de la abuela
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Este sobrino, el Edgar, llegó a la familia porque una señora se lo regaló a mi tía Raquel quien no pudo tener hijos y se quedó con él. Mi tía vivía a un lado de la casa de la abuela, en donde era el punto de reunión de la familia. La casa de la abuela era el centro del universo para nosotros; ahí llegábamos todos y ahí pasamos grandes momentos unidos al calor de las risas, las comidas, las cervezas y hasta de las lágrimas que nos provocaba algún deceso o algún problema de alguno de nosotros. La abuela era de lo más cariñosa del mundo. Siempre amable y servicial con todos, quizá por eso fue que ahí pasamos nuestra niñez y parte de nuestra juventud, y donde después pasaron parte de su niñez nuestros hijos y sobrinos. Fueron tiempos inolvidables.

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Recuerdo también un día en que llegué a visitar a la abuela, y el Edgar estaba golpeando a su propia madre, a mi tía, y yo me enchilé y le reclamé, y agarró un cuchillo y me dijo que no me metiera en lo que no me importa o que nos iba a ir mal. Le hice caso, los dejé, pero llamé a la Policía para que lo detuvieran. Cuando llegaron, la tía Raquel negó todo, y todo siguió como si nada. Luego nos dimos cuenta que se comenzaron a desaparecer cosas en la casa de la abuela y veíamos al sobrino cada vez más distante de nosotros. Como si le molestara nuestra presencia. De pronto por la casa de mi tía comenzaron a desfilar una serie de cholos que daban miedo. Era obvio que el Edgar andaba en malos pasos. Hasta que un día lo comprobamos: pasó un carro y rafagueó la casa de la abuela. Todo el frente quedó hecho pedazos; los vidrios de las ventanas volaron por todos lados. Las puertas quedaron hechas giras, las macetas, todo. Desde entonces mi abuela ya no quiso vivir ahí y ya nadie volvimos a su casa. Ella se fue a vivir con un tío y el Edgar se quedó en la casa. Pronto la casa se convirtió en un nido de malvivientes, oscura y sucia…

De la casa de la abuela solo quedaron los recuerdos y el Edgar terminó en la cárcel. Ya nada fue como antes.


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