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El dominio

Cuentan que en Jemeca las cosas se pusieron tan difíciles por la falta de empleo y de circulante, que los suicidios se incrementaron de una manera impresionante. Los pleitos entre hermanos por unos mendrugos se convirtieron en el plato fuerte de casi todas las familias. Miles de enamorados lo dejaron de estar para confirmar el viejo adagio de que sólo se puede tener el corazón contento si se tiene la panza llena. Y el pozo profundo de donde tomaban su agua se convirtió en oscuridad y tristeza inundando con su miseria las tierras que van del valle a la costa y de la costa al mar. De las lágrimas de miles de madres que sufrían por ver a sus hijos casi muertos de hambre, sólo quedó la sal. Las manos cansadas de tanto trabajo estéril engendraron puños de odio. Los cantos de los parroquianos que antes abarrotaban los mercados buscando las mejores comidas, enmudecieron. Hasta los mismos pájaros abandonaron Jemeca al ver la tierra erosionada. Muerte y dolor era lo único que abundaba en ese lugar, en donde, para la mayoría, rendirle culto a la egolatría y a la disipación sin freno, era una religión. Un lugar en donde nadie oía a nadie, y en donde todos estaban contra todos, en pocas palabras, la vida humana estaba en peligro de extinción gracias a la dureza de tantas cabezas y a lo cerrado de tantos corazones, hasta que, un día, llegó de muy lejos, un poderoso mago que se había enterado de la tragedia que se estaba viviendo en este lugar.

Desde su arribo, el mago fue visto con desconfianza por todos, pero no dudaron en acudir a la plaza del pueblo en donde los había convocado, pues les aseguró que él tenía el don de conceder todos los deseos de la gente. El pueblo se arremolinaba a su alrededor. Todos querían ser los primeros.

Jesús Huerta Suárez
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Era tanta la gente y tanto el deseo, que el mago les dijo que habría ayuda para todos, pero que sólo podrían pedir un deseo. Pasó el primero y le pidió harto dinero, y le fue concedido; el segundo pidió una enorme hacienda con todos los poderes, y le fue concedida, y así, uno a uno fue desfilando ante el hechicero. La gente, al ver cumplida su petición, reían, se abrazaba y bailaban alegremente, hasta que llegó el último de la fila, un humilde hombre llamado Ezequiel.

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— ¿Cuál es tu deseo? —preguntó el mago

“Yo sólo quiero que me ayude a tener el dominio de mí mismo”.

— ¡Con qué poco te conformas! —le dijo, molesto.

“No. No es poco. El dominio de mí mismo lo es todo. Porque al dominar el yo, me permitirá ser noble, y el ser noble me hará ser sabio”.

Y su deseo fue cumplido…

Con el paso del tiempo muchos acabaron enfermos de tanta autocomplacencia; locos de envidia; secos de amor; pobres de espíritu y, de nuevo, sin nada que comer. Todos sufrían, menos Ezequiel que había pedido el dominio de sí mismo.

“Viejas aguas negras sigan corriendo y dejen que la luna del Misisipi siga brillando sobre mi” Doobie Brothers

jesushuerta3000@hotmail.com