Doña Panoplia, dama de buena sociedad...

Por: Armando Fuentes (Catón)

Doña Panoplia, dama de buena sociedad, amonestó a la joven y linda mucama de su casa: "Anoche vi cómo tu novio te besaba en lo oscurito". "¡Oh no, señora! -se azaró la chica-. ¡Me besó nada más en los labios!". En la Italia del siglo XV vivió un personaje de vida singular llamado Pico della Mirandola. Escribió un libro en el cual trataba, según el sonoroso título que dio a la obra, "De omni re scibili et quibusdam aliis", esto es decir "De todas las cosas conocidas y de algunas otras más". Castalio, virtuoso mancebo, se prendó de una mujer de nombre Mesalina y le propuso matrimonio. "Imposible -respondió ella con franqueza-. Soy ninfómana". Replicó Castalio: "Eso no me importa. Lo único que te pido es que me seas fiel". Don Algón, magnate empresarial, no es hombre que se desconcierte fácilmente. Le sucedió, sin embargo, que una linda chica aceptó salir con él. Llamó entonces a su mujer y le dijo: "Esta noche voy a llegar a la casa después de media noche". Su desconcierto vino cuando la señora le preguntó: "¿Puedo contar de seguridad con eso?". La palabra "bufete" casi no se emplea ya. Antes se llamaba así al despacho u oficina de los abogados. El director de la agencia de colocaciones le informó a la señora que solicitaba empleo: "El Lic. Ántropo necesita una persona que se encargue del aseo. Lo único que tendrá que hacer usted es limpiarle el bufete". "¡Ah no! -protestó con enojo la mujer-. ¡Eso que se lo limpie él mismo!". El novio de Glafira, la hija de don Poseidón, se presentó ante el severo genitor. Le dijo: "Vengo a pedirle la mano de su hija". Respondió el vejancón: "Veo, joven, que se conforma usted con poco". Babalucas le comentó a su vecino: "Voy a poner un negocio que a nadie se le ha ocurrido". El otro se interesó: "¿Qué negocio es ése?". Respondió con orgullo el badulaque: "Una sala de masajes de autoservicio". Don Terebinto les contó a sus amigos algo que los sacó de onda. Les dijo: "Mi peso cambia tres veces al día. Por la mañana peso 600 kilos; por la tarde 75 y por la noche 150 gramos". Antes siquiera de que alguno de los amigos pudiera decir: "No manches", o cualquier otra expresión culterana semejante, don Terebinto se apresuró a explicar: "Es que por la mañana mi señora pregunta: '¿A qué horas se levantará este buey?". Por la tarde exclama: "¡Cómo traga este marrano!". Y por la noche me dice en la cama: "¡Méngache mi pichoncito!'". FIN.

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