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De política y cosas peores

Antes de salir a vacaciones de Semana Santa -todavía se llamaba así, no Semana Mayor o de Primavera- nos relataba la pasión de Cristo

A otros profesores les temíamos. A don Fermín González, nuestro maestro de cuarto año de primaria, lo amábamos. Tenía mucho de niño. Bailaba el trompo con habilidad que ninguno de nosotros, dominadores de ese arte, podía superar. Lo arrojaba al aire y lo recogía, girando, en la palma de la mano. Después de clases salía al patio del colegio vestido de cazador: camisa y pantalón corto de caqui; medias hasta las rodillas; botas y, lo que más nos impresionaba, salacot o sarakof como los que veíamos que usaban los exploradores blancos en las películas de Tarzán. Armado de su resortera les disparaba con puntería letal a las urracas que parloteaban en los fresnos de los corredores. Cuando uno de nosotros cumplía años -llevaba en su bitácora del curso el registro cuidadoso de los aniversarios- le tocaba las Mañanitas en su armónica sin importar que fuera burro o aplicado. Se entristecía profundamente si uno de sus alumnos era condenado por el señor Paul, el riguroso inspector encargado del orden, a pasar una hora en "la detención" por haberse portado mal en el recreo, e iba a acompañarlo en el castigo para consolarlo. Antes de salir a vacaciones de Semana Santa -todavía se llamaba así, no Semana Mayor o de Primavera- nos relataba la pasión de Cristo: la Última Cena; la traición de Judas; el prendimiento; el juicio ante los sumos sacerdotes; lo de Barrabás y Pilatos; y luego los azotes en la columna, y la coronación de espinas, y el camino del Calvario. No podía llegar a la crucifixión: rompía a llorar de bruces sobre su escritorio; tal era el dolor que le causaba el infinito sufrimiento de Jesús. Nosotros guardábamos silencio, y nos mirábamos unos a otros, asustados, sin saber qué hacer. Yo, en mi fuero interno, le reprochaba a Nuestro Señor haberse dejado prender y crucificar por sus enemigos, siendo que habría podido volar como Supermán para escapar de ellos, o desaparecer de su vista, como el Hombre Invisible de la película que habíamos visto en la función de matiné del Cinema Palacio antes de que empezara la Cuaresma. Él, Jesús, era culpable de la aflicción de nuestro profesor, y de sus lágrimas. Tendría que ir a confesarse, como nosotros cuando hacíamos llorar en casa al hermanito menor. Después de un rato don Fermín lograba dominar su pena. Con un pañuelo blanco se secaba los ojos, las mejillas, y nos decía con voz trémula: "Pueden irse". Otra vez nos desconcertábamos. Eran las 4 de la tarde. Faltaba una hora para la salida. Si el señor Paul nos veía en el patio nos dejaría a todos en la detención. El maestro notaba nuestra duda. "Pueden irse -repetía-. Yo respondo". Tomábamos nuestras mochilas y salíamos. Don Fermín quedaba solo en el aula, abatido, desconsolado, perdida la mirada. ¿Sufría por Jesús? ¿Por él? ¿Por nosotros? En ese momento, pensé, se había olvidado del trompo, de la armónica, de la resortera, de su salacot o sarakof. Yo me dirigía a la puerta, al mismo tiempo triste por haber visto llorar a mi maestro y alegre por salir del colegio una hora antes y sin que el señor González nos hubiera dejado tarea. Ya no estaba yo tan enojado con  Jesús. Si hubiera podido le habría dicho que cuando fuera a confesarse no lo hiciera con el cura Quiñones, severo sacerdote que regañaba a los niños como si fueran grandes y a los grandes como si fueran niños, sino con el padre Secondo, que era amable y bondadoso. A mí, niño flaquito, me imponía de penitencia tomarme todas las tardes una taza de chocolate con dos piezas de pan de azúcar. A él, a Jesús, seguramente le pediría: "Cristo: enjuga el llanto del señor González. Enjuga el llanto de todos". FIN.

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