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De política y cosas peores

La verdad, digo siempre al presentar la obra, es que los hombres somos más chismosos que las mujeres

A la prima Celia Rima, versificadora de ocasión, se le ocurrió la siguiente cuarteta a propósito del intento -que esperemos quede en intento- de López Obrador de reformar el Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Dice así su picante comentario: "Al ver tanto reformismo / me vino el impulso de / preguntarle por qué / no se reforma a sí mismo". Estos versos de la prima Celia no sólo cumplen con las reglas de la métrica y la rima, sino también con las de ese exigente género que es el epigrama, el cual -solía decir mi maestro don Cipriano Briones- debe morder y arrancar el pedazo, como hacían los de ese feroz epigramista que fue Salvador Novo. Mejor tomo otro camino más placentero y de mayor solaz. ¿Por qué los escoceses usan kilt, o sea faldita? Porque las mamás de las escocesas las han enseñado a correr cada vez que escuchan el sonido de un zipper que se baja. Recuerdo a ese propósito lo acontecido a la recién casada que al empezar la noche de bodas le dijo desde el lecho nupcial a su flamante maridito, el cual estaba de espaldas a ella: "¡No puedo creer que ya sea tu esposa!". El galán no respondió a esa exultante manifestación. Repitió, feliz, la desposada: "¡No puedo creer que ya sea tu esposa"! Nuevo silencio del matrimoniado. De nueva cuenta dijo la muchacha: "¡No puedo creer que ya sea tu esposa!". Entonces sí habló él. Dijo con tono hosco: "Te convenceré de que ya lo eres cuando logre desatorar el zíper de mi pantalón". Muchas veces he dirigido una de las piezas favoritas de los públicos que asisten a los conciertos de Año Nuevo de las orquestas sinfónicas. Hablo de la deliciosa Trisch-Trasch Polka, de Johan Strauss hijo. Ese "trisch-trasch" equivale a nuestro "bla, bla, bla", y alude traviesamente a la afición de las mujeres por el chismorreo. Cuando dirijo esa pequeña joya hago que en un momento de la interpretación todos los músicos de la orquesta exclamen al unísono: "¡Ah!", como si acabaran de oír un chisme extraordinario. La verdad, digo siempre al presentar la obra, es que los hombres somos más chismosos que las mujeres. Además, en ellas el chisme es un deporte; en nosotros, por el contrario, es un asesinato. A lo que voy es a chismear acerca de doña Cotilla, que no deja de hablar nunca, tanto que cuando va a la playa la lengua se le insola. En cierta ocasión una vecina suya le preguntó, orgullosa: "¿Supiste que mi hija se casó?". "¡Cómo! -fingió asombro doña Cotilla-. ¡Ni siquiera sabía yo que estaba embarazada!". FIN.

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