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DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

"¡Al fin solos!"...

 "¡Al fin solos!" -exclamó con emoción la recién casada al verse con su fla­mante maridito en la suite nupcial. "Bueno -se impacientó él al tiempo que empezaba a desvestirse-. ¿Venimos a hablar o a follar?". Doña Fecundina le dijo a la trabajadora social: "Me gustaría tener seis hijos". Objetó la trabajadora: "¿No le parecen muchos?". Replicó doña Fecundina: "Es que tengo 12". Nunca se le quitará a Capro­nio lo ruin y desconsiderado. Su suegra comentó: "Ayer choqué al venir acá". "¡Qué barbaridad, suegrita! -exclamó con simulada consternación el vil sujeto-. ¿Y tenía asegurada la escoba?". Todos nos sentimos orgullosos de nuestro solar nativo, y lo amamos con profundo amor. Lo añoramos si estamos lejos de él y lo evocamos con nostalgia. De mí yo sé decir que cuando me aparto de mi ciudad , Saltillo, más de 10 kilómetros empiezo sin darme cuenta a cantar "Qué lejos estoy del suelo donde he nacido.". Iguales sentimientos abrigo por Coa­huila, mi estado natal, que tantas bellezas guarda, y tantos dones. Pues bien: esa ufanía se hizo mayor aún al enterarme del resultado de una encuesta realizada por Mitofsky acerca del desempeño de los alcaldes del país. He aquí que el mejor evaluado, el que ocupó el primer lugar, fue Manolo Jiménez Salinas, el alcalde de Saltillo. Y he aquí también que de los 15 presidentes municipales con más alta calificación en la República cinco son de Coahuila, a saber: el ya citado de Saltillo; el de San Juan de Sabinas; el de Francisco I. Madero; el de Ramos Arizpe y el de Monclova. Debo decir, porque es la verdad, que gran parte del mérito de esas califica­ciones corresponde a Miguel Riquelme, gobernador del Estado, quien desde el principio de su admin­istración instauró un clima de concordia y unidad que ha permitido a los alcaldes, independiente­mente de colores partidistas, trabajar en estrecha coordinación con el gobierno estatal. Así las cosas, vivir en Coahuila es vivir en un sitio seguro y orde­nado, libre de los males de violencia que asuelan a otras entidades. En las ciudades y en el campo coahuilenses se trabaja con seguridad. Cuando las bandas criminales han intentado penetrar en el estado, por ser fronterizo, han sido recibidas en tal forma por las fuerzas del orden, locales y federales, que han optado por no intentar de nuevo sentar aquí sus reales. En Coahuila no hay desempleo; se trabaja en paz, y la inversión nacional y extran­jera encuentra campo propicio. Decir todo esto no es alabar: es simplemente dar constancia de una realidad positiva que se debe reconocer y apreciar, y que además está fundada en datos como los que aporta la casa encuestadora mencionada arriba. Permítanme, pues, mis cuatro lectores sentir fun­dado orgullo por mi ciudad y por mi estado, y decir con alma clara y corazón alegre que en estos días de guardar -y de guardarse- estaré tan cerca de lo mío y de los míos, yo, juglar viajero, que no necesi ­taré cantar aquello de "Qué lejos estoy del suelo donde he nacido."... El cansado viajero halló aco­modo para pasar la noche en un pequeño hostal. Lo condujo a su habitación la hija del posadero, una hermosa chica de perfectas formas y agraciado rostro. El hombre dormía ya cuando sintió que se abría la puerta del aposento. A la luz incierta de un quinqué vio a la bella joven que se acercó a su lecho y le preguntó en voz baja: "¿Se siente solo?". Pese a estar adormilado el hombre respondió con anhel­ante acento: "¡Sí! ¡Sí!". Volvió a inquirir la zagala: "¿Tiene sitio en su cama?". Contestó el sujeto: "¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!". "Qué bueno -dijo entonces la muchacha-, porque acaba de llegar otro viajero". FIN.

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