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De política y cosas peores

Un voto por Morena es un voto contra México. Y cuando despertó, el avión todavía estaba ahí. Ese gigantesco armatoste con alas, el avión presidencial, se ha convertido en una piedra en el zapato de la 4T (solamente tiene uno, por aquello de la austeridad republicana). El tal avión le sirvió al principio a López Obrador para hacer algunas de las infinitas variaciones sobre el Leitmotiv o tema principal de su Gobierno. Viajar en línea comercial como un pasajero más ha sido el ostentoso modo de que AMLO se ha valido para mostrar su humildad. Luego vinieron las mañosas y desmañadas piruetas que el régimen ha hecho para tratar de deshacerse del jet. Recordemos la risible cena de tamales a la cual asistió una nutrida cohorte -corte- de señores del dinero convocados a fin de que compraran boletos para la rifa del malhadado avión. Le siguió la fracasada rifa hecha por la Lotería Nacional, sorteo del cual nadie sabe, nadie supo el resultado final. Ahora, tras de varios intentos fallidos para encontrarle comprador, el avión se saca a lo que parece será una subasta que se llevará a cabo a través de una oficina de las Naciones Unidas mediante la contratación de un bróker, corredor o agente de ventas que muy posiblemente le pondrá precio de rajatabla a la incómoda mercadería. Ojalá ahora sí alguien le quite de encima a la 4T esa papa caliente, ejemplo de la frivolidad y dispendios de los pasados regímenes y comezón en el antifonario del actual. Doña Jodoncia, la tremebunda cónyuge de don Martiriano, le pidió al mesero del restorán: "Tráeme una torta de pierna y unos tacos al cabrón". El camarero sonrió: "Querrá usted decir 'al carbón'". Doña Jodoncia se encrespó: "A mí no me vas a decir tú cómo debo llamar a mi marido". El doctor Dyingstone, misionero, se perdió en la selva africana. Una tribu de aborígenes informó a la autoridad local que habían dado con él. Preguntó el funcionario: "¿Cómo lo encontraron?". Respondió el jefe de la tribu: "Muy duro". Carlos Arniches, escritor español sumamente popular en su época, hoy casi olvidado, es autor de una simpática comedia llamada "La venganza de la Petra". En ella aparece un personaje de nombre Nicomedes, haragán de tomo y lomo, tanto que se pasaba todo el tiempo echado en su cama. "Ay, Nicomedes -lo reprendía su esposa-. Si a ti te dijera Nuestro Señor: 'Levántate y anda', lo harías quedar mal'". Pues bien: igualmente holgazán era Ovonio Grandbolier, también formidable perezoso. Todos los días se levantaba cuando ya había caldo en las fondas, o sea pasado el mediodía. Alguien comentó en su presencia: "La luz viaja a 300 mil kilómetros por segundo". Masculló el tal Ovonio, rencoroso: "¡Con razón llega tan temprano la desgraciada!". El cuento que a continuación se cuenta no es para ser leído por personas con repulgos de pudicia. Don Languidio, señor de edad madura, experimentó aquella mañana en la entrepierna una cierta conmoción que hacía muchos años no sentía. Gratamente sorprendido llamó con sonorosas voces a su mujer: "¡Clorilia! ¡Ven rápido!". Acudió presurosa la señora pensando que algún accidente le había ocurrido a su consorte, y más gratamente aún se sorprendió al ver el afortunado accidente que su provecto cónyuge mostraba. Con inusitada rapidez y ansiedad grande doña Clorilia empezó a aventar garras -esto es decir prendas de ropa- hacia uno y otro lado. "No te quiero para eso, descocada -la detuvo don Languidio-. Corre y trae el celular para que me retrates esto. ¡Mis amigos del café no me lo van a creer!". FIN.

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