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De política y cosas peores

El rey Pipino el Breve contrajo matrimonio con la reina Bertrada de Laón, llamada “Patalonga”, pues tenía un pie bastante más largo que el otro. De haber vivido en este tiempo sus huellas habrían desconcertado mucho a los agentes de la CIA. La noche de las bodas el monarca dejó caer con majestuoso ademán la bata de brocado rojo que cubría su real desnudez. Lo vio Bertrada y comentó: “¡Mira! ¡Y yo pensé que te decían ‘el Breve’ por tu corta estatura!”. Babalucas hizo una llamada telefónica. “¿Hablo a la embajada de Laos?”. “Sí”. “¿Podría enviarme uno de vainilla, uno de fresa y uno de chocolate?”. (¡Uta! Un chiste más como ése y mis cuatro lectores quedarán reducidos cuando mucho a dos). La bella chica le dijo a su pretendiente: “Las dos cosas que me gustan más de ti son tu inteligencia y tu sentido del humor. ¿Cuáles son las dos cosas que más te gustan de mí?”. Contestó el galán: “Estás sentada sobre ellas”. Una madura célibe le preguntó a otra: “Ahora que fuiste a Londres ¿qué te pareció el Big Ben?”. “Me decepcionó -respondió desabridamente la otra-. Es un reloj”. Clap clap. Y punto.

Aplaudo moderadamente, como se ve, al ministro Arturo Zaldívar, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por haber rechazado -¡al fin!- la ilegal propuesta de Morena de prolongar dos años la duración de su cargo al frente de la institución. Lo escueto de ese menguado aplauso se debe al mucho tiempo que tardó el jurista -cuatro meses- en validar la supremacía de la ley. Desde el momento mismo en que Zaldívar conoció la torpe iniciativa debió rechazarla de plano por anticonstitucional, en vez de andarse por las ramas, actitud ambigua y equívoca que le acarreó reproches bien fundados e hizo dudar de su autonomía e independencia frente al Ejecutivo. Ahora bien: ¿por qué aun así aplaudo, siquiera sea en modo reticente, al ministro mencionado? Voy a decirlo, pero antes abriré un paréntesis explicativo. Es fama que don Victoriano Salado Álvarez (1867-1931) es el mejor conversador que ha habido en México. Otros hemos tenido, supereminentes, que han dominado el galano arte de la conversación: Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Justo Sierra, Vasconcelos, José Rubén Romero, Salvador Novo, Artemio de Valle Arizpe, don Luis María Martínez. Pero como ameno parlador nadie ha excedido a don Victoriano, cuya afición a las tertulias donde se charlaba mucho y bien hizo que sus propias hijas lo apodaran “don Tertuliano”. Buen escritor, historiógrafo acucioso, el resalado señor Salado escribió un libro al que llamó “De Santa Anna a la Reforma”, cuyo título hizo que un chocarrero dijera que parecía el anuncio de una ruta de tranvías. Yo tengo la fortuna de conocer a un insigne conversador. Es don Genaro Leal, regiomontano ilustre que a su vasta cultura y conocimiento de muchas cosas y de mucha gente añade el don del buen pensar y el buen decir. Me contó que en cierta ocasión el doctor Pedro de Alba, primer rector que fue de la Universidad Autónoma de Nuevo León, tuvo una diferencia de opiniones con José Alvarado, cuya memoria por varios motivos yo venero. Le preguntó: “Oiga, Pepe: ¿cuándo vuelve usted a la razón?”. Replicó Alvarado: “Y usted, don Pedro, ¿cuándo entra en ella?”. He ahí la razón por la que aplaudo a Arturo Zaldívar. Hizo entrar en razón a AMLO. Esa hazaña merecería una ovación, pero la indebida demora en que incurrió el ministro reduce el aplauso a solamente un par de palmas. Clap clap. Y punto. FIN.

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Aplaudo moderadamente, como se ve, al ministro Arturo Zaldívar, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por haber rechazado -¡al fin!- la ilegal propuesta de Morena de prolongar dos años la duración de su cargo al frente de la institución. Lo escueto de ese menguado aplauso se debe al mucho tiempo que tardó el jurista -cuatro meses- en validar la supremacía de la ley. Desde el momento mismo en que Zaldívar conoció la torpe iniciativa debió rechazarla de plano por anticonstitucional, en vez de andarse por las ramas, actitud ambigua y equívoca que le acarreó reproches bien fundados e hizo dudar de su autonomía e independencia frente al Ejecutivo. Ahora bien: ¿por qué aun así aplaudo, siquiera sea en modo reticente, al ministro mencionado? Voy a decirlo, pero antes abriré un paréntesis explicativo. Es fama que don Victoriano Salado Álvarez (1867-1931) es el mejor conversador que ha habido en México. Otros hemos tenido, supereminentes, que han dominado el galano arte de la conversación: Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Justo Sierra, Vasconcelos, José Rubén Romero, Salvador Novo, Artemio de Valle Arizpe, don Luis María Martínez. Pero como ameno parlador nadie ha excedido a don Victoriano, cuya afición a las tertulias donde se charlaba mucho y bien hizo que sus propias hijas lo apodaran “don Tertuliano”. Buen escritor, historiógrafo acucioso, el resalado señor Salado escribió un libro al que llamó “De Santa Anna a la Reforma”, cuyo título hizo que un chocarrero dijera que parecía el anuncio de una ruta de tranvías. Yo tengo la fortuna de conocer a un insigne conversador. Es don Genaro Leal, regiomontano ilustre que a su vasta cultura y conocimiento de muchas cosas y de mucha gente añade el don del buen pensar y el buen decir. Me contó que en cierta ocasión el doctor Pedro de Alba, primer rector que fue de la Universidad Autónoma de Nuevo León, tuvo una diferencia de opiniones con José Alvarado, cuya memoria por varios motivos yo venero. Le preguntó: “Oiga, Pepe: ¿cuándo vuelve usted a la razón?”. Replicó Alvarado: “Y usted, don Pedro, ¿cuándo entra en ella?”. He ahí la razón por la que aplaudo a Arturo Zaldívar. Hizo entrar en razón a AMLO. Esa hazaña merecería una ovación, pero la indebida demora en que incurrió el ministro reduce el aplauso a solamente un par de palmas. Clap clap. Y punto. FIN.