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COMPLICIDAD SILENCIOSA

Durante los últimos días hemos visto cómo la violencia ha comenzado una escalada...

Durante los últimos días hemos visto cómo la violencia ha comenzado una escalada que ha provocado que los caje­menses poco a poco vayamos normalizando el rugir de las armas y el olor a pólvora en prácticamente cualquier lugar y a cualquier hora, a lo que acto seguido, como salido de una tristísima tragicomedia, las acciones son las mismas desde hace una década: llegada de medios de comunicación, seguida de las corporaciones policiacas quienes se dedican a levantar casquillos, a los cuales, si bien nos va, las auto­ridades dan el comunicado de reprobar “enérgicamente” los hechos para posteriormente prometer justicia, sin que esto último llegue a puerto alguno.

La normalización de la violencia ha provocado que la ciu­dad entera se acostumbre a vivir en un cementerio en el que, recientemente, los homicidios se cuentan por puños al día, sin que autoridad alguna haga algo al respecto. El ejemplo más claro de desubicación de las autoridades y sus allega­dos dio lugar en días pasados cuando mientras en el palacio municipal la nota con bombo y platillo era el derrumbe de algunas puertas en las inmediaciones de la oficina presiden­cial, en la calle se vivía una verdadera guerra en la que se presenciaron uno de los días más violentos de los que se tenga memoria, toda vez que, mientras las cifras oficiales rondaban en 8 homicidios, algunos mencionaron que en realidad se trataba de 11 víctimas, por lo cual, no falto el comentario en las benditas redes sociales, “mientras el alcalde tumba paredes, en la calle no le dejan de tumbar cristianos”.

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La normalización de la violencia ha provocado que la ciu­dad entera se acostumbre a vivir en un cementerio en el que, recientemente, los homicidios se cuentan por puños al día, sin que autoridad alguna haga algo al respecto. El ejemplo más claro de desubicación de las autoridades y sus allega­dos dio lugar en días pasados cuando mientras en el palacio municipal la nota con bombo y platillo era el derrumbe de algunas puertas en las inmediaciones de la oficina presiden­cial, en la calle se vivía una verdadera guerra en la que se presenciaron uno de los días más violentos de los que se tenga memoria, toda vez que, mientras las cifras oficiales rondaban en 8 homicidios, algunos mencionaron que en realidad se trataba de 11 víctimas, por lo cual, no falto el comentario en las benditas redes sociales, “mientras el alcalde tumba paredes, en la calle no le dejan de tumbar cristianos”.

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Sin embargo, sería, además de una ingenui­dad, una irresponsabilidad mencionar que para llegar a los niveles impresentables de violencia que se viven en la región, todo ha sido culpa del gobierno. Un tema que se ha convertido en un auténtico tabú, es la complicidad con la que se ha conducido la mayoría de la sociedad caje­mense, en la que gran parte del problema radica en una ciu­dadanía que si bien, no apoya directamente a los criminales, si lo hace con la aceptación tácita de este espectro que, poco a poco, ha comenzado a menguar las fuerzas del municipio tal como lo haría un tumor.

La complicidad silenciosa da lugar cuando la sociedad de una comunidad permanece callada ante los abusos continuos de una minoría que en este caso representa el crimen orga­nizado, es decir, cuando algún ciudadano de bien prefiere voltearse a otro lado y hacer como si no pasara nada, sin darse cuenta de que, en Cajeme, como en cualquier ciudad del mundo, las acciones que uno emprenda en lo individual tienen un impacto directo en la vida de las personas que co­habitamos en el municipio.

Para nadie es un secreto que el crimen se ha aprovechado de este mutis generalizado que impera en Ciudad Obregón para adueñarse de diferentes fuentes de poder para llegar al grado en el que nos encontramos en la actualidad, una captura del Estado. Ante esta situación encontramos honro­sas excepciones de empresarios, políticos, comunicadores y organizaciones de la sociedad civil que han decidido tomar el toro por los cuernos y hacer frente desde su trinchera ante esta situación para lo cual se necesita valentía. Valentía no para tomar un arma y enfrentarse a los criminales; pero si para enfrentar al hijo o familiar que anda en malos pa­sos, valentía para denunciar y no propagar la corrupción, valentía para inculcar valores en el seno familiar, valentía, sobre todo, para no hacer como que no pasa nada y castigar con el poder de nuestro voto a las autoridades que no hacen absolutamente nada para cambiar dicha situación.

Afortunadamente para los cajemenses no sería la prim­era vez que logramos unirnos como sociedad ante una problemática, basta con voltear justamente una década al pasado, cuando toda una comunidad se unió ante una prob­lemática, bajo el nombre del “No al Novillo”, a diferencia de esa ocasión, la problemática ahora sí es real.