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¿Chicles?

El otro día andaba en el centro de la ciudad a eso de las dos de la tarde; el calor estaba fuerte, y decidí sentarme un rato en la sobra en un portal de una casa de empeño. Ahí estaba sentado, cuando llegó un niño de unos once años vendiendo chicles… “¿Chicles?”, me dijo. “¿Cuánto valen?”, le pregunté.

“Lo que me quieras dar”, contestó.

Jesús Huerta Suárez
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Y le di 5 pesos, “pero no quiero el chicle”, le comenté. Entonces el niño se sentó junto a mí y comenzamos a platicar… “¿De qué colonia vienes?”, pregunté.

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“De la colonia Esperanza Tiznado”, dijo.

“¡Huy, muy lejos de aquí!”, afirmé. Él se quedó callado. Su mirada estaba perdida en los carros que pasaban…

Poco a poco se fue abriendo conmigo y me platicó que con la venta de los chicles le ayudaba a su abuela con el gasto diario, ya que su papá estaba enfermo por ser “un hombre mayor” dijo, y que su mamá se “había perdido en los vicios” dejando regados a sus ocho hermanos y a él, entre ellos una hermanita enferma del corazón.

“¿Y qué sientes porque tu mamá se fue?”, torpemente pregunté.

“Nada –dijo–, ya lo superé”. Y me contó que su abuela a cómo podía los mantenía a cuatro de los nueve nietos que estaban viviendo con ella. El niño, para su corta edad, se mostraba muy seguro de sí mismo y un tanto parco. Su rostro no reflejaba sentimientos; esa era la vida como él la conocía. Sólo le preocupaba su hermanita que estaba enferma. Estaba muy delgado, y comentó que comían lo que cayera. La escuela, los juegos y los cariños de una madre no eran parte de sus costumbres, él tenía que trabajar vendiendo chicles a cambio de lo que le quisieran dar. Eran las dos de la tarde y la caja de gomas estaba casi llena. No regresaría a casa hasta que sacara lo suficiente para pagar el camión de ida y vuelta y le quedara algo de dinero para su abuela que dependía en parte de esos ingresos… En eso me despedí de él y desde entonces no he podido olvidar lo que me contó sobre su madre, que con nueve hijos se perdió en los vicios y en sus nueve hijos que se quedaron sin madre, y en su abuela que estuvo ahí para cuidarlos. Esa es la vida que a ellos les tocó vivir.

Jesushuerta3000@hotmail.com