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CAJEME Y BOGOTÁ, ¿CÓMO SUPERAR LA VIOLENCIA? (PRIMERA PARTE)

Muchas veces se ha escrito ya, en estas líneas y en muchas más, sobre la coyuntura que se vive du­rante la última década en el Municipio de Cajeme

Muchas veces se ha escrito ya, en estas líneas y en muchas más, sobre la coyuntura que se vive du­rante la última década en el Municipio de Cajeme, muchas hojas y tinta se ha gastado en hacer análi­sis del por qué Ciudad Obregón pasó de ser una de las ciudades oasis en el norte de la República para convertirse en una verdadera zona de guerra en la que, deshonrosamente, ocupamos uno de los primeros lugares entre las ciudades más violen­tas a nivel mundial. Por lo tanto, este espacio de opinión, más allá de tratar de ahondar más en el tema de las circunstancias, busca hacer un ejercicio de política comparada en el que nos visualicemos en el espejo de ciudades que lograron sobrellevar situaciones similares.

Uno de los tantos casos de ciudades que lograron vencer al crimen para recuperar sus comunidades antes de que estas fueran prácticamente extermi­nadas poco a poco por la violencia, es el de Bogotá, en la segunda mitad de la década de los noventa, en la que un par de políticos antagónicos y di­ametralmente diferentes en cuestión de formas, pero complementarios en sus acciones, lograron un equilibrio para dar resultados, mimetizando, guardadas todas las proporciones, la relación que guardaron los sonorenses Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. En esta ocasión hablamos del peculiar político con formación académica y de origen lituano, Antanas Mockus, y de Enrique Peñalosa, mismos que, además de ser los primeros alcaldes independientes en dicha comunidad, y después de ser oponentes, lograron cambiar el rostro de una Bogotá que se encontraba sumida en el oscurantismo que produce el narcotráfico y la violencia en cualquier ciudad del mundo en la que se enquiste, tal como lo hace un cáncer que enferma al portador de manera silenciosa hasta que se vuelve demasiado tarde como para reaccionar. En el caso de Bogotá, ambos liderazgos contaban con un par de factores en común: valentía y voluntad. Valentía entendida no como una forma de enfren­tarse a riesgos sin razón, más bien como una forma de hacer lo necesario y llegar al poder para tomar las decisiones que se tengan que tomar, independi­entemente de las consecuencias que estas pudiesen acarrear.

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Uno de los tantos casos de ciudades que lograron vencer al crimen para recuperar sus comunidades antes de que estas fueran prácticamente extermi­nadas poco a poco por la violencia, es el de Bogotá, en la segunda mitad de la década de los noventa, en la que un par de políticos antagónicos y di­ametralmente diferentes en cuestión de formas, pero complementarios en sus acciones, lograron un equilibrio para dar resultados, mimetizando, guardadas todas las proporciones, la relación que guardaron los sonorenses Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. En esta ocasión hablamos del peculiar político con formación académica y de origen lituano, Antanas Mockus, y de Enrique Peñalosa, mismos que, además de ser los primeros alcaldes independientes en dicha comunidad, y después de ser oponentes, lograron cambiar el rostro de una Bogotá que se encontraba sumida en el oscurantismo que produce el narcotráfico y la violencia en cualquier ciudad del mundo en la que se enquiste, tal como lo hace un cáncer que enferma al portador de manera silenciosa hasta que se vuelve demasiado tarde como para reaccionar. En el caso de Bogotá, ambos liderazgos contaban con un par de factores en común: valentía y voluntad. Valentía entendida no como una forma de enfren­tarse a riesgos sin razón, más bien como una forma de hacer lo necesario y llegar al poder para tomar las decisiones que se tengan que tomar, independi­entemente de las consecuencias que estas pudiesen acarrear.

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En el contexto ambas situaciones son muy simil­ares, ciudades cooptadas por el crimen, el cual ha tomado el control haciendo uso efectivo del axioma que afirma que, nunca existe tal cosa como vacío de poder, este siempre se encuentra ejercido por algún ente. En esta ocasión, el poder que poco a poco han ido dejando de ejercer los gobiernos, comienza a mudarse a manos de los miembros del crimen organizado, lo que evidentemente generó en Bogotá de los noventa y en el Cajeme del 2021 una captura del Estado, en la que delinque, prácticamente quien quiere, sin que haya alguna consecuencia por sus acciones.

Ahora bien, afortunadamente para la silenciosa mayoría de ciudadanos de bien en Cajeme, que no son parte del espectro del que se conforma el crimen, existe una salida a esta espiral de violencia que parece no tener final. Después de un sinfín de errores, el cambio en Bogotá, como en cualquier ciudad que quiera replicar algo semejante, comenzó como una semilla que germinó desde esa mayoría silenciosa que decidió tomar dicha problemática con responsabilidad y eligió en primera instancia, autoridades que tenían noción, pero, sobre todo, voluntad por resolver dicha problemática, algo de lo que hemos carecido por más de una década en Ciudad Obregón. Por lo cual, en la segunda parte enunciare algunas acciones que funcionaron en Bogotá y que, después de haber intentado todo, hasta intentar ponerse vergonzosamente de rodillas ante los criminales, bien haríamos en tomarlas en cuenta.

“El que se arrodilla para conseguir la paz, se queda con la humillación y con la guerra”. -Winston Churchill

Borbonmanuel@gmail.com