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Al terror católico debemos uno de nuestros más altos poetas

Al terror católico debemos uno de nuestros más altos poetas: Ramón López Velarde. El jerezano quedó marcado desde su niñez con el hierro de la temida mitología eclesial de su época, cuando en los templos se hablaba constantemente del temor de Dios, juez castigador; del infierno de las llamas; de la condenación eterna; de las que en terminología canónica se nombran "postrimerías": muerte, juicio, infierno o gloria; temibles tres, sólo una venturosa. Fue esa visión oscura la que inspiró a los hombres el miedo de la muerte y les quitó el amor a la vida. Oyendo esa prédica penitencial, de culpas y remordimientos, creció el niño de Jerez. Eso, y después el constante apetito de la mujer, lo llevó a ser poeta. Hombre herido por la conciencia del pecado, López Velarde creía en el infierno. Lo dice él mismo, y hemos de dar por válida su afirmación, a no ser que la haya hecho constreñido por la exigencia de la rima. ("Fuerza del consonante, a lo que obliga: / a decir 'elefante' en vez de 'hormiga'"). En uno de sus autorretratos habla de ". la harina rebanada como doble trofeo / en los fértiles bustos, el Infierno en que creo.". Buen rimador era el poeta. Rara vez claudicaba, como en aquel cacofónico dístico: "Amiga que te vas: / quizá no te vea más", el cual se diría escrito por versificador pedestre. Mea culpa: he pensado si acaso alguna de sus consonancias no fue fruto de una consulta al Diccionario de la Rima, como aquella imagen deslumbrante de la novia muy pobre con ojos inusitados de sulfato de cobre. Reconozco que decir tal cosa, y aun pensarla, es sacrilegio, pero tal tentación se me presenta cuantas veces leo "No me condenes", de modo que, por favor, no me condenen. Si bien el bardo de Jerez tropezaba a veces en las imperiosas exigencias de la rima, por lo que hace a la métrica fue un infalible matemático. Sus versos, especialmente los heptasilábicos y los endecasílabos, parecen medidos "con dedos maniáticos de sastre". Yo me deleito descubriendo las exactas -aunque de pronto complicadas- mediciones en los versos de López Velarde, que no devienen en monótono ritmo de metrónomo, sino en oculta música secreta. Contemos, por ejemplo, las 14 sílabas de este verso alejandrino, con sus dos hemistiquios de siete sílabas cada uno. Habla el zacatecano de unos pollitos "recién nacidos, piando y piando de hambre". Para que le medida del verso sea cabal tendremos que dividir en dos sílabas el primer "piando" y en tres el segundo. Éste no es truco de artesano; es recurso lícito de artista que conoce y domina los rigores de su arte. Eso por lo que hace a la forma. En lo concerniente al fondo López Velarde está muy lejos de ser, con todo y la Suave Patria, "el poeta nacional", título con tufo burocrático, y menos aún "el poeta de la provincia". En él vivieron al mismo tiempo el católico de Pedro el Ermitaño y el jacobino de época terciaria. Fue un hombre profundamente religioso y hondamente erótico, torturado por la lucha que en su interior -y su exterior- se daba entre el león y la Virgen; por el enigma de no ser ni carne ni pescado; por el dilema de escoger a Ligia, la mártir de pestaña enhiesta, o a Zoraida la de grupa bisiesta (¿Diccionario de la Rima?); por ser unas veces beduino y otras teólogo, y quizá por "la flor punitiva" del castigo al pecado Un ateo o un hombre sin pasiones de la carne no sentirán jamás el desgarramiento que sintió siempre el jerezano. Dios lo estiraba por un lado; las consabidas náyades arteras por el otro. Él y ellas nos dieron a Ramón López Velarde. Mi poeta dilecto, el que se abrazó al bien y al mal porque el mal y el bien lo abrasaron, cumple hoy 100 años de no haber fallecido. FIN.

Al terror católico debemos uno de nuestros más altos poetas