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¿A dónde vamos a parar?

¿A dónde vamos a parar? Dice la canción de Marco Antonio Solís, pero esta columna sólo tiene en común el nombre. No es esta una historia de amor. O quién sabe, capaz que amor es lo que nos está urgiendo en nuestro Cajeme qué herido.

Volvemos al código rojo de riesgo máximo; ahora hasta los niños y jovencitos están cayendo por la pandemia y la vacunación en general va lenta, lenta. En nuestras las calles maltrechas y polvorientas cada vez corre más sangre. La economía prendida con alfileres, la división entre los mexicanos generada por los políticos es cada vez más profunda; el gas, la electricidad, la canasta básica siguen sube y sube sin control alguno, el Gobierno de la República o no está haciendo nada bien o no sabe comunicarlo bien porque ni se ve ni se escucha nada positivo de ellos por ningún lado; promesas, sí, pero hechos… ¡quién sabe! (si alguien lo sabe, que nos lo diga, por favor), el alcoholismo, drogadicción y el vale madrismo a todo lo que da. Los padres tristes y preocupados porque no les alcanza para mantener a sus hijos, el calor agobiante, el tiempo pasando raudo y veloz, la ansiedad asfixiante que se cierne hasta el corazón, el insomnio perseverante, y, así, un sinfín de situaciones adversas a las que o te aclimatas, o aquí te friegas y pierdes todo el goce de vivir. O te acostumbras o te desgarras. O te montas en la ola o terminas hundido en la arena, es que cuando menos lo imaginábamos, todo se complicó. Ahora se trata de sobrevivir a toda costa y buscarle un sentido a nuestra vida para salir airoso.

Jesús Huerta Suárez
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Volvemos al código rojo de riesgo máximo; ahora hasta los niños y jovencitos están cayendo por la pandemia y la vacunación en general va lenta, lenta. En nuestras las calles maltrechas y polvorientas cada vez corre más sangre. La economía prendida con alfileres, la división entre los mexicanos generada por los políticos es cada vez más profunda; el gas, la electricidad, la canasta básica siguen sube y sube sin control alguno, el Gobierno de la República o no está haciendo nada bien o no sabe comunicarlo bien porque ni se ve ni se escucha nada positivo de ellos por ningún lado; promesas, sí, pero hechos… ¡quién sabe! (si alguien lo sabe, que nos lo diga, por favor), el alcoholismo, drogadicción y el vale madrismo a todo lo que da. Los padres tristes y preocupados porque no les alcanza para mantener a sus hijos, el calor agobiante, el tiempo pasando raudo y veloz, la ansiedad asfixiante que se cierne hasta el corazón, el insomnio perseverante, y, así, un sinfín de situaciones adversas a las que o te aclimatas, o aquí te friegas y pierdes todo el goce de vivir. O te acostumbras o te desgarras. O te montas en la ola o terminas hundido en la arena, es que cuando menos lo imaginábamos, todo se complicó. Ahora se trata de sobrevivir a toda costa y buscarle un sentido a nuestra vida para salir airoso.

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¿A dónde vamos a parar? No sé. Pero creo que tenemos ante nosotros la necesidad de tomar decisiones; decisiones inteligentes o nos volvemos locos de atar. Y una de esas elecciones podría ser el estoicismo, esa concepción ética de esta escuela filosófica, según la cual el bien no está en los objetos externos, sino en la sabiduría y dominio del alma, que permite liberarse de las pasiones y deseos que perturban la vida. Se trata con urgencia de encontrar la paz y tranquilidad de nuestra alma. De retomar las virtudes o morir en el intento… ¿A dónde vamos a parar? No sé.

Jesushuerta3000@hotmial.com