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Hijo de Joaquín Pardavé vive alejado de reflectores

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Actuó en 73 películas du­rante su trayectoria iniciada en 1919 en la cinta “Viaje redondo” y en 1955 tuvo su última intervención en la pe­lícula “La virtud desnuda”. Ese año falleció en la ciudad de México, producto de un derrame cerebral cuando te­nía 54 años de edad.

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A lo largo de su trayecto­ria, contagió con su carisma y capacidad de interpreta­ción, pero en su notable cu­rrículum quedó un papel que no pudo cristalizar en la vida real: el de papá, porque cuando se disponía a asumir su rol de padre, la muerte le llegó.

En 1943 nació en la ciu­dad de Ojuelos, Jalisco, el único hijo que engendró don Joaquín Pardavé, Miguel Campos Ferrer, el cual fue producto del romance que sostuvo con la señora Angéli­ca Ferrer, a quien conoció en Aguascalientes, tras asistir a una feria donde la fémina se presentó a cantar.

Don Joaquín estaba casa­do con la señora Soledad Re­bollo, por lo que el niño cre­ció con su madre, que con el tiempo se juntó con un señor de nombre Teodoro Campos, quien lo registró.

Cuando el menor tenía tres años, tras haberse sepa­rado, Angélica Ferrer viajó a San Ignacio Río Muerto.

Ahí vivía la mamá de Angélica, quien junto con el señor Abundio Caballero, quien era pareja de su ma­dre, criaron al niño en medio de un ambiente impregnado por la vida propia del campo y la siembra, distante de la fama y el glamour que go­zaba su padre, don Joaquín Pardavé.

En 1954, cuando el niño tenía 11 años, el artista acu­dió a San Ignacio Río Muerto para reconocerlo y llevarlo con él, pero don Abundio, quien fue su tutor, le dijo que le diera tiempo, que se había encariñado con el menor, por lo que don Joaquín aceptó y acordaron que después re­gresaría por su hijo, pero a los meses murió.

Tras el deceso, una perso­na de nombre Octavio Ortega Leyte contactó a don Abun­dio para sugerirle que pre­sentará al niño con la familia Pardavé para que reclamara lo que le correspondía de bie­nes materiales al ser el único hijo que tuvo don Joaquín.

“El viejito que me crio, cuando le dijeron que me lle­vara para que me dieran lo que me pertenecía, les dijo que mientras estuviera con él no me iban a faltar las tor­tillas y frijoles, era de esos viejitos caprichudos”, comen­tó Campos.

Al no haber interés por parte de su mentor por la herencia que le podría tocar, la familia Pardavé tampoco buscó al niño, porque a pesar de llevar la sangre de don Joaquín, al ser un hijo que tuvo fuera del matrimonio, fue algo que no aceptaron, por lo que nunca le dieron el reconocimiento.

“Soy el único hijo, ni con mi mamá ni con la que era su esposa tuvo otro, y a mí nun­ca me dio por alegar. ¿Para qué iba a incomodar? porque me podría haber hecho la prueba de ADN”, expresó.

Al crecer el niño y conver­tirse en un hombre, los valo­res que le inculcó el señor que veló por él, los puso en prác­tica y nunca pensó en buscar a la familia Pardavé para pe­dirles algo. Por el contrario, se apegó a la vida que había llevado ligada al campo, se casó a la edad de 19 años con la señora María del Rosario Cabrera, con quien tiene 10 hijos y 16 nietos.

“Soy velador de un campo, tengo un pedacito de tierra y mi pensión. Ya con eso como. El orgullo que me queda es cuando veo las películas que hizo mi padre”, compartió.

Miguel Campos Ferrer tie­ne en la actualidad 76 años de edad y junto a su esposa, vive por la calle López Agui­lar, entre Benito Juárez e In­dependiente, en San Ignacio Río Muerto.

Envuelto en un ambien­te modesto en compañía de su familia y disfrutando del paisaje que le otorga la tierra de cultivo, Campos Ferrer protagoniza su vida cotidiana alejado de los re­flectores y pasando desaper­cibo. Sólo quien lo conoce se contagia de la alegría que lo caracteriza y lo relaciona con el actor Joaquín Par­davé por su gran parecido y su forma de conducirse, siempre con entusiasmo y dadivoso.


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