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De política y cosas peores

Dulciflor, muchacha ingenua, iba a salir con Afrodisio, galán concupiscente. La mamá de la cándida joven le advirtió...

Dulciflor, muchacha ingenua, iba a salir con Afrodisio, galán concupiscente. La mamá de la cándida joven le advirtió: "Si esta noche ese hombre se te trepa me moriré de pena". Al regresar de su cita Dulciflor le informó a la señora: "Me le trepé yo primero, mami. Pensé: si una madre ha de morir de pena, que sea la suya y no la mía". De nueva cuenta mi instinto de conversación tuvo que dejar el sitio a mi instinto de conservación. Quiero decir que he vuelto al confinamiento total que impone ahora el rebrote del virus, con su tema y variaciones. Igual que sucedió el 13 de marzo del fatídico año 20 mi cuerpo ha entrado en un encierro que no padecen mi espíritu y mi mente, a los que ningún bicho, ni de la patología ni de la politiquería, puede poner cadenas, si me es permitida esa altílocua declaración. Lamento, sí, no poder asistir otra vez a mis desayunos con los niños del Zaragoza, o sea mis compañeros de la primaria en ese invicto y triunfante colegio lasallista. Tenemos 75 años de tratarnos, y hasta antes de que brotara la epidemia nos juntábamos cada semana, sin faltar ninguna -y sin faltar ninguno-, a desayunar y a preguntarnos los unos a los otros: "¿Te acuerdas?". Siento mucho también la interrupción de mi encuentro, igualmente semanario, con amigos queridos, todos ellos sabios, inteligentes todos, en amable tertulia en la cual hablábamos de omni re scibili et quibusdam aliis, o sea de todas las cosas conocidas y de algunas más. Me hacen falta los muchos afectos que tengo en Monterrey. Mi más reciente encuentro con ellos, en la afamada cantina El Indio Azteca, me dejó un gratísimo sabor de boca y un sabor aún más grato de alma. En ese tradicional establecimiento te sirven unas botanas inefables, vale decir indescriptibles -higaditos, por ejemplo-, que enaltecen y fortifican el espíritu independientemente de lo que opine sobre el particular la ciencia médica. Extrañaré todo eso, pero como dice la sombría admonición: más vale encierro que entierro. Opino por lo tanto que el regreso presencial de los niños y jóvenes a las escuelas es algo no sólo prematuro, sino imprudente además, como lo muestra el hecho de que las autoridades educativas exijan a los padres una carta en la cual asumen la responsabilidad en el caso de que sus hijos contraigan el virus, en vez de que la asuman quienes ordenan ese regreso alegando cuestiones de sociabilidad, siendo que deberían fijar las mientes en asuntos de morbilidad. El virus y sus nuevas cepas andan desatados, y sus principales víctimas son ahora los menores de edad, a quienes se debería proteger en vez de ponerlos en evidente riesgo por mirar más a la politología que a la infectología. Y ya no digo más porque estoy muy encaboronado a pesar de la heladísima cerveza y las sabrosas botanas en El Indio Azteca. Don Castalio, hombre virtuoso y de muchas devociones, hacía el amor con su esposa todos los sábados de 9 a 9.05 p.m., y siempre en la ortodoxa posición llamada "del misionero". Grande fue su sorpresa, por lo tanto, cuando este sábado último, al salir del baño, vio a su mujer sobre el lecho conyugal en la posición que nombran "de perrito" (doggie style, en lengua inglesa), vale decir con las rodillas y las palmas de las manos apoyadas en el colchón. Sin habla se quedó el piadoso marido al ver a su consorte en esa erótica postura. Iba a espetarle una homilía acerca de la castidad en la relación matrimonial cuando ella le pidió: "Se me salió un lente de contacto y cayó entre las sábanas. Ayúdame a buscarlo". (Nota del autor. Si me es dable opinar al respecto, don Castalio debió buscar primero el contacto y luego el lente). FIN.  

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