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El señor Bullying

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—“Yo no tengo la culpa de ser chaparri­to, usar lentes y tener tantos lunares en la cara”—, gritaba el pobre Daniel, quien des­de el primer día de clases en esta su ¡tercera escuela!, sufría maltratos por su aparien­cia.

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—“¿Que no entienden que venimos a la escuela a aprender y no a pelear, díganme qué he hecho yo para merecer esto?”—, se preguntaba una y otra vez sin obtener res­puestas.

—“Por favor, Dios, ayúdame; me siento tan solo y no sé cómo soportar esto”—, reza­ba en la soledad de su hogar.

Y por más que buscaba otra escuela en donde se adaptara y se sintiera a gusto, no lo lograba. Su madre le preguntaba por qué siempre estaba solo y él no sabía qué con­testar…

Camino a la escuela sentía miedo de lle­gar; a su corta edad supo lo que era estar angustiado.

“Ñoño”, “torpe”, “niño de la mami”, “cua­tro ojos”, “enano” “manchas”, eran algunos de los muchos sobrenombres que le gritába­mos para hacerlo sufrir. La escuela se había convertido en un tormento para él, mientras que otros lo gozábamos.

—“¿Díganme qué he hecho para merecer esto?”— musitaba en silencio… “¿Por qué me meten el pie; por qué se ríen de mí; por qué me patean; por qué se burlan de mi familia; por qué no me aceptan como soy; por qué me quitan mis cosas, si yo no pedí nacer así y ahora tengo que soportar todo esto?” —, se preguntaba mientras que en su cabeza segu­ro retumbaban las carcajadas de todos…

“Si al menos tuviera dinero que darles para que me dejen paz” imploraba, mientras seguía sin poder encontrar una explicación del por qué estaba pasando por esto…

Aunque ya han pasado muchos años, no ha pasado un día sin que me arrepienta de haber tratado mal a Daniel y a otros niños como lo hacía.

Ahora, veo con tristeza que la costumbre de maltratar a quienes se ven débiles o con algún defecto físico sigue presente, aunque ahora le llaman bullying, se sigue haciendo sufrir a los niños. Y me duele en el alma ver que ahora al menos uno de mis hijos sufre en silencio por esta situación.

En verdad quisiera devolver el tiempo para cambiar todo eso que hice mal; devolver el tiempo para pedir perdón a quienes tanto hice sufrir. Ahora comprendo que nadie debe de tratar de imponer su poder y dominio so­bre otro niño mediante intimidaciones, ame­nazas, insultos, agresiones físicas y humi­llaciones, pero tuvieron que pasar muchos años y vivirlo en carne propia con mi hijo, para comprender lo mal que estaba.

Buscando enmendar el daño que hice en el pasado, ahora voy de escuela en escuela platicando con los niños sobre la violencia escolar; me dicen “el señor Bullying”.


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