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El contrato (segunda parte)

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A las tres de la mañana una per­sona se nos acercó y nos dijo que el jefe quería que siguiéramos tocando y nos dijo que traía un buen “levan­tón” para nosotros y sacó una caji­ta de cristal llena de polvo blanco y un popote dorado, pero ninguno de nosotros le entramos a esa madre y le dijimos “no, gracias”, que así, a “pelo”, seguiríamos tocando hasta el amanecer.

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Para las seis de la mañana ya no aguantábamos. Estábamos bien cansados. Hartos de tocar, se podría decir. Entonces, nos dijeron que po­díamos irnos a dormir un rato. Pero la fiesta siguió.

Unas horas después tocaron a la puerta. Nos vinieron a preguntar que si qué queríamos de desayuno: mariscos, birria, cabeza, menudo, huevos. Lo que cada uno quisiera. Nos pusimos pandos de comida. En eso llegó el organizador y nos dijo que el jefe quería que tocáramos cinco horas más, que nos pagaría doble, y aceptamos sin mucho pen­sarlo.

Era una buena lana y ni modo de decir que no. Nos habían quitado los celulares, así que ni como avisarle a mi vieja que nos habían doblado el contrato y que llegaría a la casa hasta el lunes. No quise ni imaginar cómo se iba a poner.

Nos dimos una arregladita y se­guimos tocando, pero ya no lo estába­mos disfrutando; ya era demasiado, así que decidimos empezar a pistear para agarrarle sabor a las cancio­nes. Ya nos valió madre, pues todos andaban hasta atrás y ni cuenta se darían si la regábamos. Como a las dos horas de estar tocando escucha­mos que entre los invitados se hicie­ron de palabras; se gritaban ofensas al por mayor, y de pronto, cuando menos lo pensamos, comenzaron los balazos; muchos balazos, y le dije a los plebes “¡tírense al suelo! ¡Tíren­se al suelo! De pronto los disparos y los gritos cesaron, y luego siguió un silencio sepulcral y luego lamentos. Volteé a un lado y vi un charco de sangre junto a Pedro, nuestro ba­jista. Le hablé, pero no contestó; los demás del grupo estaban bien, pero a Pedro le tocó un balazo. No sé cuánto tiempo paso, pero luego llegó la Policía y unas ambulancias; había varios heridos, pero no vimos por ningún lado al cumpleañero, ni a los meseros, ni nadie, sólo los heridos o muertos quedaron ahí, y nosotros entre ellos. Sentía coraje y mucho dolor por la muerte de Pedro y por lo que había pasado. Nos detuvieron hasta que se aclaró que no teníamos nada que ver, que solo éramos los músicos.

Nos regresamos derrotados a Obregón.¿qué le íbamos a decirle a la familia de nuestro compañero? Nos dejamos ir sin averiguar bien, todo por el dinero y ni nos pagaron completo, me recriminaba a mí mis­mo.

Unos días después recibí un men­saje de WhatsApp que decía: “com­pa, ya le deposité lo que estaba pen­diente del contrato”.


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