Ciudad violenta

Por: Eduardo Sánchez

Muchos recuerdan con nostalgia el Obregón de ayer, en donde se decía que hasta el más pobre traía su tostón. Pero, mejor que eso, en donde hasta el más rico dormía en el patio en su colchón, sin temor alguno. Cuentan que era común dejar pacos de billetes en el carro mientras pasabas a saludar a algún cliente o amigo, sin miedo a que te lo fueran a robar o te fueran a asaltar. No era común porque no era necesario tener que enrejar todas las ventanas de las casas, ni mucho menos tener que instalar cámaras, cercas electrificadas, alambres de púas, piñitas de acero en las bardas y puertas, triple candado y hasta contratar velador para quienes pueden pagarlo. Pero de pronto, todo cambió de una manera tan alarmante, que el miedo es la constante. Y no es para menos, pues hemos llegado a grados perturbadores de insegu­ridad, de tal manera que nos califican entre unas de las ¡50 ciudades más violentas del mundo!

Sé que a todos nos duele y nos preocupa esta situación, porque a todos nos afecta. Ahora, como nunca, nos enteramos, casi al instante, de crueles asesinatos entre bandos que se disputan la plaza; desmembramientos humanos en la vía pública; fosas clandestinas; asaltos a bancos y comercios; cabezas en hieleras, y un sinnúmero de actos violentos en la otrora tranquila ciudad, situación que acontece en, prácticamente, toda la Repúbli­ca Mexicana. No somos la excepción en cuanto a violencia se refiere, pero si tenemos de los más altos índices de crímenes, con alrededor de 40.95 homicidios por cada 100 mil habitantes según el Consejo Ciudadano por la Seguridad Pública y la Justicia Penal A.C. (CCSPJP A.C.).



Pero, ¿qué podemos hacer si ni las autoridades pueden contra el crimen organizado?



A los ciudadanos nos corresponde no dejar de exigirle resultados a las autoridades y señalarles sus omisiones y actos de corrupción, no comprar cosas robadas, no consumir drogas ilegales, estar atentos de nuestros hijos, pero en serio, dejar de lado la cultura que promueva los antivalores, respetar las leyes y reglamentos, participar en el recate de nuestra gente y de nuestra ciudad o, de plano, encomendarnos a Dios y acostumbrarnos a vivir con el enemigo en casa.


“No necesito pelear para demostrar que estoy bien, ni necesito que nadie me tenga que perdo­nar” The Who.

Jesushuerta3000@hotmail.com
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