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Sobremesa con Arteche




Tiempo después tuve el privilegio de ser alumno del maestro Héctor Martínez Arteche, y durante ese tiempo me invitó a cenar en el patio de su casa por motivo de su cumpleaños y me dijo que a él le toco acudir a alguna de estas reuniones sociales, y que en verdad la pasaban muy a gusto. Él vivía en Cócorit junto a su hermosa hija Alina. Con un amplio y nutrido patio adornado con obras de arte que entre su hija y él han realizado. La mesa principal estaba sutilmente iluminada por un foco anaranjado y se necesitaron dos grandes abanicos para mover el aire de esa noche caliente de verano.

Entre los pocos invitados estaban un amigo ingeniero y su esposa, una madre de familia aprendiz de pintora, un dentista y pintor, un profesor artista con su esposa, su hija, y un servidor. Brindamos con vinos selectos, tequila y cerveza. El lugar me evocó aquellas reuniones en la Casa Azul. Pero no. No hablamos del marxismo, ni del surrealismo, ni de poesía, ni de grandes artistas mientras degustábamos la exquisita cena y los postres, más bien hablamos de las cosas del diario como son la familia, el trabajo, la política, de nuestros planes, y de los prejuicios, pero, curiosamente, al tema que se le dedicó más tiempo fue a lo importante que es deshacerse de los tiliches que casi todos solemos acumular. De que si regalas algo muy pronto alguien te devuelve el regalo; de que tantas cosas acumuladas cortan las energías; que no debemos encariñarnos con las cosas; de que hay mucha gente que necesita lo que te sobra, en pocas palabras, de lo importante que es compartir. De la filosofía del dar.

En realidad nunca pensé que este sería el tema principal, pero me pareció muy interesante. Ya no me importó tanto lo que hablarían en la casa de Diego Rivera. Éramos nosotros, simples mortales, hablando de cómo podemos ser mejores.
Las horas se pasaron rápido y las botellas se vaciaron. Los perros correteaban al gato y el gato trepaba por los árboles. Una leve llovizna refrescó el ambiente. Al maestro Arteche le brillaban los ojos de alegría, mientras escuchábamos el rock alternativo que puso su hija. Nadie levantaba la voz y no descubrí ninguna mentira. Quizá Diego y Frida hubieran gozado de nuestra charla de sobremesa como lo hicimos nosotros. Son esos momentos de armonía y entre amigos lo que mantiene la primavera en nuestras vidas. Felicidades de nuevo, Maestro, y gracias por invitarme.
“Recuerda lo que dijo el lirón: ¡alimenta tu cabeza!” Jefferson Airplane
Jesushuerta3000@hotmail.com