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Maldad bajo la sotana





Yo le tuve cariño genuino a Fernando Martínez. Le admiraba. Jamás imaginé lo que pasaba por su mente, nunca pensé mal de él. Quisiera que alguien pudiera imaginar cuánto tuvo que mentirme y engañarme para poder siquiera tocarme.

Lo denuncié cuando era niña pero mi entorno no respondió a la altura de mis necesidades. No puedo describir la soledad y la indefensión que experimenté. Quizá lo único que puedo recordar es que, en cada rechazo y estigmatización, llegue a sentir que me dolía la piel. Me sentí en una espiral interminable en la que revivía la maldad de Fernando Martínez sin entender qué cosa tan mala había hecho como para merecer tanto maltrato.

Cuando hablé de esto con mis padres ellos buscaron al obispo encargado de la prelatura Cancún-Chetumal (en el sureste de México), Jorge Bernal, quien les pidió que no lo denunciaran ante las autoridades porque eso me dañaría. Lo mismo hizo el director territorial de los Legionarios de Cristo, Eloy Bedia, quien les dijo a mis padres que debíamos perdonar a Fernando Martínez “porque es hombre”. Fernando Martínez había sido trasladado de la Ciudad de México a Cancún por el vicario general de la orden, Luis Garza Medina.

Aurora Morales, quien era mi maestra de Moral y la prefecta del colegio, fue también cómplice de Fernando Martínez: ella me sacaba del salón por petición del sacerdote y me llevaba a su oficina o a la capilla para que me violara.

Hablar de esto a los ocho años fue una encrucijada: mi mente infantil se debatía entre los sufrimientos de mi cuerpo lastimado y la inmensa admiración que sentía por Fernando Martínez. Conté lo que sucedió por supervivencia, denuncié porque no resistía más la situación y fue una manera de salvarme la vida. Cuando vi que, pese a mi denuncia, la justicia no existía, se rompió mi corazón. Cuando por fin una víctima logra hablar de lo que está pasando, pero el responsable sigue mintiendo, lleva la culpa en la espalda por el resto de su vida.

Entendí que el mundo era diferente a lo que yo creía: nadie me había explicado que los que se dicen buenos eran capaces de destruirte y luego seguir con su vida como si no hubiera pasado nada, como si una persona no fuera nada, como si una niña no le importara a nadie. ¿A quién le importa una niña cuando son millones quienes siguen y creen a la Iglesia?

Entonces aprendí a callar, me silencié al ver que tras mi denuncia no pasaba nada y que cada vez que hablaba la afectada resultaba ser yo, pues el violador nunca dio la cara por sus actos.

Con el pasar del tiempo, los fantasmas de la violencia sexual se tornaron más sutiles, pero perdí la capacidad de discernir entre lo que era bueno para mí y lo que me destruía. Pasé gran parte de mi vida solo reaccionando ante lo que se me presentaba, en lugar de actuar con mis capacidades plenas. Me ha dolido mucho descubrir que soy el proyecto de una mujer que no logró brillar con todo su esplendor porque me arrebataron casi todo. Invertí mucha vida y energía en tratar de subsistir, en ponerme de pie. A mi alrededor, las jóvenes de mi edad emprendían proyectos y se enfocaban en sus estudios, tenían amigos y relaciones románticas, mientras yo solo buscaba la forma de una mañana ya no volver a despertar.

Pero un día, de nueva cuenta, hablé porque descubrí que mi fortaleza no tenía nada que ver con lo que soporté, sino con lo que ya no estaba dispuesta a soportar.

Tuvieron que pasar años para darme cuenta de que el sacerdote ni siquiera me eligió por algún motivo, sino porque podía, porque estaba a la mano y le pareció fácil. No sabía qué hacer con la verdad, con la insignificancia de ser una más del montón. Siempre busqué darle razón a mi sufrimiento, encontrarle un significado o una misión, hasta que entendí: lo que me pasó no fue por ser yo, solo me pasó a mí.