La conversión de San Pablo: Cuando Cristo transforma el corazón y edifica la unidad

No se conmemora un nacimiento ni una muerte, sino el momento en que un corazón fue alcanzado por Cristo

La conversión de San Pablo: Cuando Cristo transforma el corazón y edifica la unidad

Cada 25 de enero, la Iglesia no celebra un recuerdo piadoso ni una fecha secundaria del calendario litúrgico. Celebra un misterio. La Conversión de san Pablo, apóstol, es la fiesta de un encuentro que sigue ocurriendo en la historia de la Iglesia. No se conmemora un nacimiento ni una muerte, sino el momento en que un corazón fue alcanzado por Cristo y, desde ahí, comenzó a latir al ritmo del Evangelio.

No es casual que esta fiesta cierre la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. La unidad no es el resultado de estrategias humanas ni de acuerdos diplomáticos. La unidad auténtica nace siempre de la conversión del corazón. Donde Cristo se encuentra con una persona, ahí comienza también un camino de comunión.

DE PERSEGUIDOR A TESTIGO (LA MEMORIA QUE SALVA)

San Pablo no endulza su pasado, no lo maquilla; lo recuerda con verdad, fue perseguidor de la Iglesia y se gloría únicamente en haber sido alcanzado por la gracia (cf. Hechos 9,1-2; Gálatas 1,13). Creyó servir a Dios persiguiendo a los cristianos; su celo era real, pero estaba desorientado.

Aquí hay una primera enseñanza profunda, no todo fervor es evangélico, y no toda convicción religiosa conduce necesariamente a la comunión. Pablo tuvo que ser derribado para ser enviado, tuvo que quedar ciego para comenzar a ver.

Cuando más tarde reflexiona sobre su propia vocación apostólica, utiliza una expresión desconcertante y profundamente humilde, "Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto." (1 Corintios 15,8). Pablo se reconoce indigno, no se compara con los otros apóstoles para exaltarse, sino para subrayar que todo en su vida es gracia.

La unidad cristiana comienza aquí, cuando dejamos de justificarnos, cuando aceptamos nuestra pobreza espiritual y nos reconocemos salvados, no superiores.

TRES RELATOS, UN SOLO CRISTO (PEDAGOGÍA DEL ESPÍRITU)

San Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, narra tres veces el encuentro de Pablo con Cristo resucitado (capítulos 9, 22 y 26). No se trata de una repetición innecesaria; es una enseñanza espiritual, el mismo acontecimiento es proclamado de modo distinto según el corazón que escucha.

1. Hechos 9,1-19: el encuentro que introduce en la Iglesia

Este primer relato está dirigido a la comunidad cristiana. Pablo es derribado en el camino, escucha la voz del Señor; pero no queda solo, Cristo lo envía a Damasco y lo introduce en la Iglesia a través de Ananías.

Aquí aprendemos que no existe un cristianismo individualista, el encuentro personal con Jesús siempre desemboca en la comunión eclesial. Nadie se convierte para sí mismo, la unidad se aprende caminando con otros, dejándose acompañar y sanar.

2. Hechos 22,3-21: un testimonio dirigido al pueblo judío

Ante el pueblo de Jerusalén, Pablo subraya su identidad judía, su formación farisea y su celo por la Ley; no reniega de su historia, la integra.

El mensaje es claro y profundamente bíblico; Jesús no rompe la historia de Israel, la lleva a su plenitud. La unidad auténtica no anula las diferencias ni borra la identidad, las purifica a la luz de Cristo.

3. Hechos 26,9-18: el Evangelio ante el poder

Frente al rey Agripa, Pablo presenta su conversión como envío misionero. Cristo lo ha llamado para abrir los ojos, para sacar de las tinieblas a la luz.

Aquí la fe cristiana se muestra con toda su fuerza; no como ideología ni como amenaza política, sino como luz que libera. La unidad cristiana no se encierra en sí misma; siempre se abre a la misión.

UN APÓSTOL PARA EL MUNDO ENTERO

Desde aquel encuentro, la vida de Pablo quedó marcada por el movimiento; caminos, mares, ciudades, Asia Menor, Grecia, Roma. El Evangelio debía llegar a todos. Pablo fue el gran testigo de que en Cristo no hay judío ni griego (cf. Gálatas 3,28).

Sus trece cartas, dirigidas a comunidades concretas y a personas específicas, no son tratados abstractos. Son palabra viva, nacida de la oración, del sufrimiento y del amor pastoral.

Algunas fueron escritas en libertad; otras desde la prisión. Desde la cárcel, Pablo alcanza una de las cumbres de la espiritualidad cristiana cuando afirma: "Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia" (Colosenses 1,24). La unidad se edifica también desde la cruz aceptada y ofrecida.

CONVERSIÓN PERSONAL (CAMINO DE UNIDAD HOY)

El Catecismo de la Iglesia Católica lo afirma sin ambigüedades: "La conversión del corazón y la santidad de vida... son el alma de todo el movimiento ecuménico" (CEC 821).

En un tiempo marcado por polarizaciones, tensiones internas y heridas abiertas —también dentro de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia—, la conversión de san Pablo nos recuerda que la verdadera renovación no comienza cambiando a los otros, sino dejándonos cambiar por Cristo.

Pablo pasó de dividir a edificar, de perseguir a anunciar, de creerse justo a saberse alcanzado por la misericordia; su historia sigue siendo una llamada urgente para la Iglesia de hoy.

CARDIOMORFÓSIS, CUANDO CRISTO CAMBIA EL CORAZÓN

La conversión no es un evento del pasado, es una posibilidad siempre abierta, cuando Cristo Jesús se encuentra con un corazón disponible, lo transforma. Y un corazón transformado es capaz de perdonar, de buscar la unidad y de anunciar con audacia.

No habrá unidad cristiana sin conversión personal.

No habrá "mega misión" fecunda sin un encuentro vivo con Jesús. Eso fue Pablo, y eso está llamada a ser la Iglesia hoy.

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, tú que saliste al encuentro de Pablo en el camino, sal también al nuestro.

Derriba lo que nos endurece, ilumina lo que permanece a oscuras, y transforma nuestro corazón.

Concédenos una experiencia viva de ti, que promueva la unidad, el perdón y la misión.

Por intercesión de san Pablo, danos su pasión por anunciar el Evangelio: con humildad sincera y con la potencia del Espíritu Santo.

Que nuestra vida sea testimonio para que el mundo crea.

Amén.