La ciudad que devora, pero no digiere

Lo entendí con la claridad de un golpe en la estación de tren de Shanghái

La ciudad que devora, pero no digiere

Hay una fractura silenciosa que recorre la columna vertebral de la modernidad, una grieta geológica que no se mide en la escala de Richter, sino en la suela desgastada de los zapatos ajenos. Lo entendí con la claridad de un golpe en la estación de tren de Shanghái, bajo techos abovedados que imitan el futuro y pantallas LED que escupen cotizaciones bursátiles con la frialdad de un oráculo digital.

Por el andén se deslizaba, silencioso y aerodinámico, el tren de alta velocidad, esa maravilla de ingeniería que devora distancias a 350 kilómetros por hora. De sus vagones descendían ejecutivos con maletines de cuero italiano y teléfonos que costaban más que la cosecha de una aldea. Pero cruzándose con ellos, en dirección contraria, como un salmón nadando contra la corriente del progreso, caminaba un hombre pequeño, de piel curtida por un sol que no era de ciudad, un sol de campo abierto.

Cargaba sobre la espalda un inmenso fardo de lona sintética, atado con cuerdas, que contenía la arqueología de su vida: una manta, utensilios de cocina, quizás herramientas. Sus zapatos de tela barata estaban cubiertos de un polvo grisáceo que contrastaba violentamente con el suelo de cerámica pulida de la estación. Era un migrante del interior, una pieza más de la "población flotante" atrapada en el sistema hukou.

Aquí reside la primera gran ironía del milagro asiático. El hukou no es simplemente un registro civil; es un sistema de castas burocrático heredado de la era maoísta que ata los derechos sociales al lugar de nacimiento. Este hombre, y los casi 300 millones de trabajadores migrantes que sostienen la fábrica del mundo, son ciudadanos de segunda en su propia tierra. Pueden vivir en la ciudad, sí, y pueden levantar sus rascacielos, pero sus hijos no pueden entrar en las escuelas públicas de la metrópoli y, si enferman, el hospital les cobrará como si fueran extranjeros. Es un apartheid administrativo: la ciudad acepta sus manos, pero rechaza su linaje.

La modernidad lo rodeaba, brillante y esterilizada, pero él caminaba por ella como un fantasma sólido, sabiendo que la precarización de su vida es el amortiguador de costos que permite a la ciudad brillar. Esa mirada de resignación antigua, sin embargo, no tiene pasaporte; es un idioma universal que cruza fronteras con pasmosa facilidad.

Meses después, el mismo nudo en el estómago me asaltó a miles de kilómetros, bajo el calor agresivo del Golfo Pérsico. La escenografía cambiaba, pero la obra era la misma. En Dubái, donde los rascacielos perforan un cielo color cobalto desafiando a la gravedad, vi ese mismo polvo gris cubriendo los overoles de los obreros.

La estadística aquí se vuelve vertiginosa y cruel. En los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, los inmigrantes constituyen casi el 90% de la fuerza laboral privada. No son una minoría; son la nación invisible. Allí, suspendidos a cien metros de altura, paquistaníes, nepalíes y bangladesíes colocaban los cristales que protegerán a otros del sol que a ellos los calcina. Bajo el sistema Kafala (patrocinio), su estatus legal queda encadenado a un empleador que, con frecuencia, confisca sus pasaportes tan pronto como aterrizan, transformando el contrato laboral en una servidumbre moderna indisoluble.

Al mediodía, cuando el termómetro rozaba los 46 grados —una temperatura que en algunos países activaría alarmas de emergencia—, los vi comer sentados en la única franja de sombra que proyectaba un muro de hormigón. Sin hielera alguna, evidentemente bebían agua caliente. A cincuenta metros, tras los cristales que ellos mismos habían pulido, los turistas pagaban por un café helado lo que esos hombres ganaban en dos días de jornada bajo el sol.

Al caer la tarde, autobuses viejos se los llevaban a los campamentos de Sonapur ("Ciudad de Oro" en hindi, una ironía que duele al pronunciarla), lejos de la vista, en el desierto profundo, ocultando la evidencia humana que sostiene el espejismo. Dubái se vende al mundo como la ciudad del futuro, pero sus cimientos son tan antiguos como las pirámides: la grandeza monumental erigida sobre espaldas desechables.

Esta coreografía del despojo no es una coincidencia, es demografía: 763 millones de migrantes internos caminan hoy por el mundo, una nación errante que supera a toda la población de Europa. Desde el andén de Shanghái hasta los andamios de Dubái, la gran metrópolis moderna —sea bajo la bandera roja del comunismo de mercado o el estandarte del capitalismo petrolero— ha perfeccionado una fórmula macabra: la arquitectura de los cuerpos prestados.

Son ciudades vampiro que se alimentan de la vitalidad de los forasteros, absorben sus años de juventud y fuerza física y, cuando los han dejado secos, cuando las articulaciones fallan o la vejez asoma, los devuelven a la oscuridad de las zonas rurales o a sus países de origen. Es la paradoja definitiva del progreso urbano del siglo XXI: ciudades construidas, limpiadas y cuidadas por manos a las que se les prohíbe, terminantemente, soñar con pertenecer a ellas. La ciudad los devora con hambre insaciable, pero se niega obstinadamente a digerirlos, expulsándolos siempre hacia los márgenes, donde el brillo del neón no alcanza a iluminar la injusticia.

El Dr. Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en PimaCollege de Tucsón, Arizona.

rikkcs@gmail.com