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De política y cosas peores

Complicado es el traslado al AIFA y no parece que vayan a ser de utilidad las vías que se están disponiendo para facilitar la llegada a la terminal

Don Lucino Mocas llevaba una doble vida. Su mujer estaba en la creencia de que su esposo tenía dos trabajos a fin de darle una vida mejor a su familia, motivo por el cual llegaba todos los días a su casa después de medianoche. Falso. Tenía un solo empleo, el de tenedor de libros de la Compañía Jabonera La Espumosa, S. A-, y si llegaba a su domicilio a esas horas es porque se iba con sus amigotes a sitios de rompe y rasga; antros de la peor laya donde era bien conocido de daifas, chulos y demás gente de la vida airada. Cierto día la señora le pidió a don Lucino que la llevara al "Rivolare", un cabaret de sospechosa fama -se decía que era propiedad del hampa-, pues todas sus amigas lo conocían ya, y ella no. Mocas le dijo que ni siquiera sabía dónde se hallaba ese establecimiento, pero la señora insistió tanto que él accedió por fin. Salieron las coristas a bailar y vieron a don Lucino entre la concurrencia. Lo conocían bien, y lo apreciaban, pues les daba siempre generosas propinas y las agasajaba con munificencia. De inmediato todas se pusieron de espaldas al público, mostraron sus espléndidos traseros y cantaron a coro: "¿De quién son estas nalguitas?". Respondieron a una voz en compañía de toda la alegre concurrencia: "¡Del señor Moquitas!". Hecha una furia la esposa se puso en pie y se dirigió a la puerta. La siguió muy apurado don Lucino. Le gritó ella, iracunda: "¡Desgraciado! ¡Canalla! ¡Bribón! ¡Ruin!". El portero le dijo al azorado marido: "¡Caramba, señor Moquitas! ¡Ahora sí que le tocó una muy brava!". La señorita Peripalda, catequista, les preguntó a los niños: "¿Saben quién fue el padre de Abraham?". Pepito aventuró una respuesta: "¿Mister Lincoln?". Escribo esto a las 7 de la mañana del domingo, o sea de ayer. A esta misma hora -7 de la mañana de ayer domingo- numerosos funcionarios de gobierno que viven en la Ciudad de México están saliendo de sus casas en sus automóviles para estar a tiempo, hoy lunes, en la ceremonia de inauguración del aeropuerto de López Obrador. Algunos afortunados llegarán unos minutos antes del inicio de la ceremonia; los más harán su arribo cuando el acto habrá acabado ya, y no faltará alguno que entrará al estacionamiento hasta mañana. Complicado, en efecto, es el traslado al AIFA, y no parece que vayan a ser de mucha utilidad las vías que se están disponiendo para facilitar la llegada de los pasajeros a la terminal aérea o a otras para sus vuelos de conexión. Desde luego no es sano desear que fracase esta obra tan cara -en todos sentidos- a López Obrador, pero las perspectivas que ahora muestra no son muy halagüeñas. A muchos observadores extrañará el caso de un aeropuerto militar convertido en civil para ser administrado por militares. Me dicen que es "muy bonito", y no lo dudo, pero la principal cualidad de un aeropuerto no es ser bonito sino ser, a más de seguro, funcional, y desde ahora se advierten indicios de que éste no lo será, o al menos tardará mucho tiempo en serlo. Por lo que a mí respecta, en mi calidad de pasajero espero no tener que utilizar ese aeropuerto que los expertos ven desde ahora con sobra de escepticismo. Hardrump, el chofer de lord Feebledick, le pidió tener tres palabras con él. His lordship hizo a un lado su ejemplar del Times, su vaso de whiskey y su pipa y le dijo que estaba a su disposición. Hardrump, entonces, le anunció que iba a dejar el trabajo. Inquirió lord Feebledick: "¿Puedo saber por qué?". Respondió el chofer: "Es que no me entiendo con su esposa, milord". "Le ruego que se quede -le suplicó lord Feebledick-. Despedí a los 14 últimos choferes precisamente porque se entendían con ella". FIN.

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