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Año nuevo, vida nueva, ¿para quién?




La esperanza es eso, nuestra capacidad de ser como el fénix y renacer de nuestras cenizas, con esfuerzo. Ya escucho al noble Hamlet decirme al oído aquello de “¿qué es más alto para el espíritu?, ¿sufrir los golpes y dardos del insultante destino o contra un piélago de calamidades hacerles frente y acabar con ellas?”. Buena parte está en nuestras manos. Pero no es real para todos, no es cierto para una buena parte de nuestra población, y me refiero a entre 30,000 y 200,000 personas cuyo destino está en manos de otros que no conocen, personas que no tienen nada que ofrecer, nada con que comerciar o con qué presionar. Podemos estar tranquilos, no van a cerrar calles, no ejercerán violencia, no jugarán con partidos políticos ni amenazarán a nadie. Ellos son los niños que se encuentran en situación de orfandad o abandono y que este año, su único propósito, sin que pase por sus jovencísimas inteligencias, será que alguien quiera y pueda adoptarlos.

Ni siquiera puedo saber con precisión cuántos son o dónde están, el hecho es que las estadísticas corren traviesas por mi escritorio, me marean y se mofan de mí. Son tantas y tan contradictorias. Cada fuente dice lo que puede y cómo quiere. Entre 30,000 y 200,000 deja un hueco informativo tan grande que cabría no uno, sino dos elefantes de los circos de antes con todo y domador. En el fondo es que estamos siempre a las puertas de arreglar este asunto, pero también, como siempre, nos quedamos ahí, a punto de la solución. Algunos estados como la Ciudad de México o el Estado de México parecen haber hecho importantes progresos, pero no es suficiente. Veamos, según el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, entre 2015 y 2018 se registraron 816 solicitudes de adopción, de las cuales fueron concedidas 399, es decir, en promedio sólo se logró el 16% por año. Esto es nada y menos si leemos lo dicho por el DIF Nacional en 2018: de 28 solicitudes de adopción, sólo se concretaron 14. Y ya que estamos metidos en esta cadena de sustos, haga este experimento, busque en Google la palabra adopción, se asombrará de ver que la gran mayoría de las entradas hablan de… perros.

Hay un cambio que no hemos hecho, antes de los legales: pensar que nadie tiene el derecho a que el Estado le provea un hijo, pero que todos esos niños tienen derecho a crecer en una familia que los quiera y los cuide y que el Estado debe procurar esos medios. No tenemos idea de cuántas personas están buscando un hijo en adopción, no existe una entidad centralizadora, una base de datos que permita conectar a los padres en Nuevo León con el hijo en Veracruz. No existe un protocolo de adopción aplicable a todas las casas de cuna públicas y privadas. No existe tampoco un reglamento de adopciones que pueda facilitar las cosas en todo el país. Si el problema no está en los juzgados, sino en la manera cruel y enredada en que procesamos los expedientes para que los niños puedan tener una familia.

Claro que cada quien elige sus batallas y sus causas, nomás faltaba, pero venga, los perros no se adoptan, se recogen.

Qué bien está que salvemos al mundo no usando popotes, pero me gustaría que los niños de las casas de cuna tomaran su alimento en su propio hogar, aunque sea con popotes. Nos tiramos hasta los platos cuando hablamos de adopción por padres homosexuales, cuando las cifras son claras y a la gran mayoría el asunto no le importa y lo que uno quisiera es que alguien se preocupe por que una niña tenga quien la lleve a las vacunas cuando le tocan, sin importar si ese papá es heterosexual, lesbiana o se declare como le dé la gana.  Porque no hace falta ser muy listo para darnos cuenta que al asunto de la adopción no queremos hacerle frente porque nos avergüenza y sale más barato moralmente mentarle la madre a los que abandonan un gato o pitorrearemos de los políticos ladrones, aunque no tengan oídos para nosotros.