Antes de que arribaran los cuerpos de emergencia, fueron los propios habitantes de la región quienes reaccionaron de inmediato
Por: Jhoanna Ontiveros Peraza
El descarrilamiento del Tren Interoceánico ocurrido el pasado domingo en una zona montañosa de Oaxaca dejó 13 personas muertas y decenas de heridos, además de una estela de destrucción en una de las curvas más complejas de la ruta ferroviaria.
Los vagones salieron de las vías y cayeron hacia una barranca, mientras los gritos de auxilio comenzaron a escucharse entre la sierra, marcando el inicio de una tragedia que movilizó primero a los propios habitantes de la región.
HÉROES ANÓNIMOS DE LA TRAGEDIA
Antes de que arribaran los cuerpos de emergencia, fueron los propios habitantes de la región quienes reaccionaron de inmediato. Movidos únicamente por el instinto solidario, hombres y mujeres de comunidades cercanas se internaron entre la maleza y las pendientes para intentar salvar vidas.
Entre ellos destaca la historia de Don Óscar, vecino de la zona de Iztaaltepec, quien al escuchar los gritos decidió emprender una caminata de aproximadamente siete kilómetros a través del terreno montañoso para llegar al sitio del siniestro.
El hombre relató que el eco de las súplicas fue el detonante que lo impulsó a no quedarse de brazos cruzados. Al llegar, se encontró con una escena devastadora: vagones fuera de las vías, estructuras retorcidas y pasajeros atrapados en una zona de difícil acceso, cercana a un arroyo cuya presencia complicó aún más las labores de rescate.
Sin equipo especializado y enfrentando un terreno accidentado, Don Óscar descendió hasta el fondo de la barranca con un solo objetivo: sacar con vida a quienes pudiera. Junto con otros pobladores, logró rescatar a cerca de 20 pasajeros, además de recuperar los cuerpos de dos personas que perdieron la vida en el lugar. Las maniobras se realizaron en medio del caos, guiadas por los gritos que indicaban dónde aún había personas con vida.
La solidaridad de la sociedad civil fue clave durante las primeras horas posteriores al accidente. Mientras los servicios de emergencia se organizaban, los habitantes improvisaron rutas de evacuación y auxiliaron a decenas de personas que viajaban en el tren siniestrado, el cual transportaba a más de 240 pasajeros.
Hasta el momento, en el fondo de la barranca, el panorama permanece casi intacto. Los vagones continúan inmóviles entre cristales rotos y fierros deformados. Sobre el suelo yacen asientos, restos de comida, maletas y objetos personales, incluso fotografías que hoy funcionan como mudos testimonios de la vida cotidiana interrumpida de manera abrupta.