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Desamparan a jornaleros





Por: Michel Inzunza

Además de enfrentar la muerte de su padre, lidiar con el impacto psicológico del accidente y reponerse de los golpes que sufrió en el choque entre un tren en Vícam y el camión de jornaleros en el que viajaba el pasado 7 de enero, Beatriz, una menor de 14 años, padece junto a su familia serios problemas económicos al negársele actualmente trabajo.

El día del “trenazo” era la primera vez que la joven yaqui acudía a un campo agrícola a laborar. Debido a las carencias que existen en su hogar, decidió contribuir con los gastos de la casa, la cual se ubica en la comunidad de Las Compuertas, en Vícam.

Su vivienda está construida con los materiales básicos de la arquitectura yaqui: carrizo y mezquite enjarrado con barro.

Antes del accidente, el mismo techo lo compartían 14 personas, ahora, con la muerte de su padre, son 13.

Ese día, Beatriz vio por última vez con vida a su papá, pues ambos viajaban en el camión de jornaleros. En el choque, ella corrió con un poco más de suerte, aunque también salió lesionada.

Una abertura de 10 centímetros en la cabeza y fractura de clavícula fue el resultado del primer y único diagnóstico clínico que se le realizó.


YA NO LA ATIENDEN


 

Después del 7 de enero ya no recibió atención médica. “No tiene Seguro Social, es menor de edad”, dijo su abuela.
A unos metros de la casa de Beatriz vive Carlos Armando Jaimes, un muchacho indígena de 27 años, quien también se trasladaba en el camión y que tras el impacto quedó inconsciente.
Casi inmóvil en la cama de su cuarto recuerda a duras penas haber sido trasladado desde el lugar del accidente hasta un par de hospitales en Ciudad Obregón. “Cuando desperté me encontraba en el Seguro Social y estaba paralizado de la cintura hacia abajo”, dijo.
A consecuencia del golpe, sufrió fractura de pelvis y augura que mínimo durará tres meses acostado, después necesitará terapia y rehabilitación física.
De su cuidado se encarga su mujer, María del Carmen, una adolescente de 17 años de edad, quien también atiende a su hijo recién nacido.
Al igual que Beatriz, de acuerdo a las nuevas restricciones, María se verá imposibilitada para trabajar en el único lugar donde son aceptados los menores de edad, el campo agrícola.

¿INCAPACIDADES?


Sin fuente de ingresos, Carlos y su familia deben comprar material para curación (vendas, gasas y agua oxigenada).
Aunque recibió atención médica en el Seguro Social, no le suministraron esos artículos y ni hablar de la posibilidad del pago de una incapacidad laboral.
Una situación similar vive María Gotogopicio, una señora de más de 60 años de edad, quien laboraba en un empaque y era una de los 50 pasajeros que se trasladaban en el camión.
En el encontronazo resultó con las piernas cortadas. Un par de vendas cubren las heridas situadas a la altura de cada espinilla. Carece de apósitos, los cuales deberá adquirir por cuenta propia ya que el Centro de Salud de Vícam no tiene artículos médicos, aparte que es difícil trasladarse hacia allá.
María vive con ocho parientes más, entre ellos su nieta, quien debido al accidente enviudó a sus 17 años. La familia de su esposo se encargó de los gastos del funeral y ahora su futuro está confinado a permanecer en casa.
Otra vez María y su familia deberán hacerse cargo de su nieta, quien no acude a la escuela, pues el edificio no está funcional en Las Compuertas.

COMO UNA ALDEA


Esta comunidad se asemeja a una aldea. Está rodeada de tierras donde se cultiva trigo, algunas casas se ubican al margen de un canal y otras en medio de veredas que finalizan en grandes llanos.
De hecho, en 2001, el huracán “Juliette” la dejó incomunicada e inundó las casas.
Las Compuertas está a unos 20 minutos rumbo al poniente de Vícam Switch, pero para llegar a ella hay que atravesar un camino empedrado y lleno de baches.
Durante el trayecto se atraviesa el barrio Sinaí y Casa Azul.
De estas tres comunidades, principalmente de Las Compuertas, proviene la mayoría de los trabajadores que participaron en el accidente del 7 de enero, el cual dejó siete muertos y más de 30 heridos.
Al lugar no ingresa ningún transporte público, sólo los camiones que trasladan jornaleros a los campos o empaques, por ello, algunos habitantes aprovechan el “raite”.

EL CHOFER


De lunes a sábado, a las 5:00 a.m. un viejo autobús conducido por Germán N. se internaba en Las Compuertas para recoger al personal y llevarlo a las distintas huertas agrícolas de San Ignacio Río Muerto.
“El accidente del 7 de enero no fue culpa de Germán, era el camión el que estaba en malas condiciones. Era común que nos dejara tirados por horas o que se le ponchara una llanta, después él mismo lo reparaba y ya nos regresábamos”, señaló José, su cuñado.
Germán se encuentra convaleciente, detenido y acusado de delito culposo por daños materiales, homicidio y lesiones, pero su pariente afirma que el verdadero responsable es el concesionario, José Aguiar, ya que el camión ni siquiera contaba con seguro, ni placas de circulación.
Además, existe responsabilidad de las empresas, que debieron constatar el estado en el que se encontraba el autobús, mencionó.
Pero después del accidente, ni autoridades ni patrones han visto por la salud de los lesionados, ni sus gastos médicos, dijo, en el caso del concesionario, dio una vuelta por Las Compuertas y visitó a Beatriz, la niña que perdió a su papá, a quien le dio 500 pesos.
También acudió con la familia de Carlos Armando, el joven con fractura de pelvis, a quien le hizo la promesa de ayudarlo.
“Aunque hay necesidad, no existe ánimo de salir a los campos a trabajar, hay mucha confusión y la gente tiene miedo. La mayoría son familias que salían en grupo y ahorita se encuentran sin laborar y sin sustento.
“En cuanto a los menores de edad, eran contados los casos. Después del accidente las cosas no pueden continuar igual, sobre todo en la cuestión laboral, pues las empresas deberán asegurarnos”, puntualizó.
Si usted desea apoyar a una de estas familias puede comunicarse a los teléfonos 6442 23-64-15, 6441 72-49-49, 6444 55-23-68 y 6442 30-24-46.