Santoral de hoy, 3 de febrero: San Blas, protector de los enfermos y patrono de los otorrinolaringólogos

Es profundamente venerado por su don de sanación, su amor por los enfermos y su papel como protector de los que padecen enfermedades de la garganta

Por: Ofelia Fierros

Cada 3 de febrero la Iglesia Católica conmemora a San Blas de Sebaste, un santo mártir cuya devoción ha trascendido siglos y fronteras. Reconocido como protector de quienes padecen enfermedades de la garganta, San Blas es también el patrono de los otorrinolaringólogos y de todos aquellos que buscan alivio ante afecciones relacionadas con la voz y la respiración.

San Blas vivió entre los siglos III y IV y ejerció la medicina con los conocimientos de su tiempo, combinando la ciencia con una profunda vida espiritual. Su fama como sanador lo llevó a formar parte del grupo de los llamados Catorce Santos Auxiliadores, invocados tradicionalmente por los fieles como intercesores ante distintas dolencias físicas y espirituales. Su devoción es especialmente fuerte en Hispanoamérica y lo ha convertido en patrono nacional de la República del Paraguay.

UN OBISPO QUE ELIGIÓ LA VIDA SENCILLA

Originario de Sebaste, en la antigua Armenia, San Blas fue nombrado obispo debido al respeto y admiración que despertaba entre la comunidad cristiana. A pesar de su cargo, optó por una vida austera y retirada, habitando como ermitaño en una cueva ubicada en el monte Argeo. Desde allí continuó guiando espiritualmente a los fieles y realizando numerosas curaciones que fortalecieron su fama de hombre santo.

Una de las historias más difundidas sobre San Blas relata cómo salvó milagrosamente a un niño que se estaba asfixiando por una espina de pescado. Este episodio dio origen a la tradicional bendición de las gargantas, una práctica que aún hoy se realiza cada 3 de febrero en muchas iglesias del mundo.

PROTECTOR DE LOS ANIMALES Y HOMBRE DE ORACIÓN

Las tradiciones antiguas también destacan la especial relación de San Blas con los animales. Se cuenta que bestias enfermas o heridas se acercaban a su cueva en busca de ayuda, y que estas convivían pacíficamente a su alrededor mientras él oraba. Este rasgo reforzó su imagen como un hombre de profunda armonía con la creación.

EL CAMINO HACIA EL MARTIRIO

La vida de San Blas llegó a su fin durante una de las persecuciones contra los cristianos ordenadas por el gobernador Agrícola, en tiempos del emperador Licinio. Descubierto en su retiro, fue arrestado y llevado ante las autoridades, donde se le exigió renunciar a su fe. Al negarse, fue encarcelado y sometido a torturas, sin abandonar su misión de predicar, sanar y bautizar a quienes lo acompañaban en prisión.

Según los relatos históricos, fue condenado primero a morir ahogado, pero al ser arrojado al agua logró caminar sobre ella, hecho que asombró a sus captores. Finalmente, fue ejecutado mediante decapitación en el año 316 d.C., sellando su testimonio de fe con el martirio.

Hoy, siglos después, San Blas continúa siendo un símbolo de esperanza, sanación y fidelidad, y su festividad sigue reuniendo a miles de devotos que confían en su intercesión y mantienen vivas las tradiciones que nacieron de su historia.