Por: Ofelia Fierros
Cada 4 de febrero la Iglesia Católica celebra a Santa Catalina de Ricci, una de las místicas más importantes del siglo XVI, reconocida por sus visiones, milagros y por haber recibido los estigmas de Cristo. Su vida estuvo marcada por una profunda devoción a la Pasión del Señor y por una intensa experiencia espiritual que influyó en la renovación de la Iglesia tras el Concilio de Trento.
Santa Catalina nació en Florencia el 23 de abril de 1522 con el nombre de Alessandra Lucrezia Romola de Ricci, en el seno de una familia acomodada. Desde muy pequeña manifestó una notable inclinación por la oración y la vida religiosa. Entre los seis y siete años comenzó su formación en el monasterio benedictino de Monticelli, donde su tía era abadesa.
A los doce años conoció el convento de San Vicente, en Prato, perteneciente a la Tercera Orden de Santo Domingo, cuya estricta observancia la impactó profundamente. En 1535 pidió ser admitida y al año siguiente profesó los votos solemnes, adoptando el nombre de Catalina, en honor a Santa Catalina de Siena.
Durante el noviciado atravesó grandes pruebas, especialmente por los frecuentes éxtasis místicos que despertaban incomprensión entre sus hermanas. Sin embargo, su humildad, perseverancia y vida de oración le permitieron mantenerse firme en su vocación. Con el tiempo, fue reconocida por su santidad y, antes de cumplir los 30 años, fue nombrada superiora del convento, cargo que ejerció hasta su muerte.
Su vida espiritual estuvo marcada por experiencias místicas extraordinarias. Según su testimonio, cargó en sus brazos al Niño Jesús y acompañó a Cristo adulto en distintos momentos de su Pasión. También compartió de manera especial el dolor de la Virgen María durante la crucifixión. Como expresión de su unión con Cristo, recibió los estigmas y, durante la oración, aparecía en su dedo un anillo de coral como signo de su matrimonio espiritual con Él.
Santa Catalina mantuvo correspondencia con grandes santos de su tiempo, como San Felipe Neri, quien dio testimonio de sus dones místicos. Vivió en una época de profunda renovación espiritual junto a figuras como San Carlos Borromeo y Santa María Magdalena de Pazzi.
Falleció el 2 de febrero de 1590, a los 68 años, tras una larga enfermedad. Fue beatificada en 1732 por el papa Clemente XII y canonizada en 1746 por el papa Benedicto XIV.