Por: Eduardo Sánchez
Los cigarros de tabaco son uno de esos productos que me hace recordar a diario la doble moral de nuestro mundo capitalista: ¡es veneno puro que mata, seguro! Diseñado de tal manera que, aunque no le fumes, solito se consume. Es tan nocivo y adictivo que no entiendo por qué permiten su venta; bueno, sí entiendo, deja miles de millones a sus vendedores; es una droga letal, legal. Y, bueno, fumarlo tiene su encanto, no lo puedo negar. Fumarlo es un minirritual tan ancestral, como la humanidad, aunque con el tiempo, los grandes empresarios se fueron encargando de enganchar en el hábito a millones de personas en todo el mundo mediante publicidad atractiva, chorros de dinero a los legisladores, pagos a las federaciones de la salud y todo lo que usted guste agregar, total que ahora a millones les gusta fumar, y a otros tantos millones ya no lo pueden hacer simplemente porque ya están muertos.
Ya, después, en primero de secundaria me fumé mis primeros cigarros. No les encontraba ningún chiste. Hasta mucho tiempo después entendí que todo gira alrededor de la adicción, y eso no tiene ningún chiste. Mis amigos y yo pensábamos que fumar te hacía parecer como alguien bravo, macho, de onda, rebelde, pero no era nada de eso, solo era imitar a los adultos. Creíamos que había que fumar un cigarro tras otro hasta acabarnos la cajetilla, pero no sabíamos ni darle el “golpe”. Luego, en otra de esas tardes de verano, aquí en Obregón, un amigo nos invitó a fumar a su casa, asegurando que su mamá le dio permiso que fuéramos todos los que quisiéramos ir a aspirar tabaco. Y así fue. Llegamos y doña Lucila había comprado un paquete de cigarros con diez cajetillas, eran unos Raleigh, y nos dijo, tengan, fúmense todos los que quieran. Nosotros, muy obedientes, ahí estábamos con un tabaco y una sonrisa en la boca.
¡Ah cómo cuesta trabajo dejar el tabaco!