"Se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa": Antonio Machado
Por: Ricardo Castro Salazar
Al llegar el cuarto jueves de noviembre, la maquinaria industrial de Estados Unidos se detiene para oficiar su rito supremo. El sociólogo Robert Bellah lo define como el sacramento mayor de la "religión civil" estadounidense. Según la American Automobile Association (AAA), cerca de 80 millones de personas se trasladarían durante el asueto a lo largo y ancho del país, un flujo humano que eclipsa la población entera de Francia o el Reino Unido. A diferencia del frenesí comercial de la Navidad, el Día de Acción de Gracias (Thanksgiving) impone un mandato cultural casi sagrado: el retorno al hogar. Es la única liturgia donde el ateo, el musulmán y el cristiano parten el pan sin conflictos dogmáticos. Es la comunión de la "americanidad".
El día en que la nación "se detiene" por completo no es una celebración religiosa, ni política, ni militar. Sin embargo, Thanksgiving está cimentado en mitos que esconden una violencia colonial atroz y, simultáneamente, es una herramienta sociológica exitosa diseñada intencionalmente para la cohesión nacional. Surge así la pregunta incómoda contemporánea: ¿puede una nación celebrar su unidad sobre la tumba de su historia?
La crítica académica y el activismo indígena no pretenden meramente "aguar la fiesta", sino corregir una falsificación histórica. La estampa escolar de peregrinos y nativos compartiendo la mesa por pura benevolencia es una "purificación" ficticia. Los Wampanoag no compartieron sus técnicas agrícolas y se sentaron a la mesa con los peregrinos de Plymouth en 1621 por caridad, sino por una maniobra clásica de realpolitik. Habían sido diezmados por una epidemia, probablemente leptospirosis traída por roedores europeos, que aniquiló al 90% de su población en la costa. Su alianza con los colonos no fue un idilio multicultural, sino una maniobra de supervivencia desesperada frente a sus rivales hegemónicos, los Narragansett.
Pero lo verdaderamente perturbador es el origen histórico del término Thanksgiving. En el léxico puritano, un "día de acción de gracias" no celebraba cosechas, sino la intervención militar "divina". En 1637, John Winthrop, gobernador de Massachusetts, proclamó un día oficial de gracias no por la abundancia, sino por el retorno de sus milicias tras la Masacre de Mystic. Allí, cerca de 700 hombres, mujeres y niños de la tribu Pequot fueron quemados vivos. Celebrar omitiendo este antecedente, como argumenta el historiador David Stannard, implica una validación del sistémico "Holocausto Americano": la devastación continental que cimentó a la nación.
No obstante, la institución moderna de Thanksgiving no es hija de 1621 ni de 1637, sino de 1863. Fue lo que Eric Hobsbawm, en su libro La invención de la tradición, definiría como un ritual manufacturado para suturar a una nación desmembrada. Abraham Lincoln nacionalizó la festividad meses después de la carnicería de Gettysburg, en el cenit de la Guerra Civil, el momento de mayor división en la historia de EE.UU. Urgía un ritual que trascendiera la sangre derramada; una herramienta de ingeniería social para, en sus propias palabras, "cicatrizar las heridas de la nación".
Lincoln no actuó en el vacío; fue persuadido por la tenacidad de Sarah Josepha Hale, editora influyente y autora de la rima infantil Mary Had a Little Lamb, que aún hoy los padres cantan a sus pequeños. Durante 17 años, Hale argumentó desde su tribuna editorial que una celebración doméstica centrada en la gratitud, y ajena a la política partidista y al sectarismo religioso, serviría como un "freno moral" contra la disolución de la Unión Americana.
Una postura equilibrada no exige elegir entre el rechazo total o la aceptación ciega. Es posible denunciar que el mito de 1621 funciona como un velo sobre el despojo colonial y, simultáneamente, valorar la intención de 1863 de crear concordia nacional. Para quienes hemos adoptado este país, el Día de Acción de Gracias ofrece una neutralidad acogedora. A diferencia de la Navidad (teológica) o el 4 de Julio (patriótico-militar), esta fecha permite al inmigrante integrarse al ritual nacional mediante el acto universal de compartir la mesa con familia y amistades de cualquier origen.
Los inmigrantes podemos resignificar esta fecha bajo la luz de la interdependencia. La supervivencia de los colonos en 1621 dependió de la transferencia tecnológica agrícola de los Wampanoag; la supervivencia de los Wampanoag dependió de la alianza militar con los colonos (lo que vino después corresponde a otro ensayo). Esta simbiosis histórica revela una verdad eterna: la prosperidad nunca es un acto solitario. Nuestra "cosecha" actual sigue nutriéndose de nuevas manos que, al traer renovadas semillas de esperanza, nos recuerdan que la gratitud no es solo por el plato servido, sino por la cadena humana invisible que lo hizo posible.
Hoy, en un país nuevamente polarizado por dogmas tribales, los inmigrantes somos los "nuevos peregrinos". Pero nos distingue una diferencia moral sustancial: esta ola no llega para despojar, sino armada de fuerza laboral y títulos universitarios para revitalizar. La evidencia del National Bureau of Economic Research es inapelable al mostrar que fundamos empresas a una tasa un 80% superior a la de los nacidos aquí. No venimos a conquistar tierras, sino oportunidades. En una nación amnésica, nuestra mayor aportación es demostrar que la gratitud y la vitalidad no son mitos del pasado, sino los motores indispensables del porvenir. Sea esa nuestra acción de gracias.
El Dr. Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.
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