Lewis revela una verdad profundamente evangélica; el alma no suele perderse de golpe, sino poco a poco
Por: Saúl Portillo Aranguré
En 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, mientras Europa ardía entre bombas, miedo e incertidumbre, el escritor británico C.S. Lewis comenzó a publicar semanalmente en el periódico "The Guardian" una serie de textos breves que más tarde se reunirían en un libro hoy clásico: "Cartas del Diablo a su Sobrino". El contexto no es menor. Lewis escribe en un mundo herido, donde el mal parecía evidente y devastador. Sin embargo, su genialidad consistió en mostrar que el peligro más profundo no siempre es el estruendo del mal visible, sino la erosión silenciosa del corazón humano.
La obra está compuesta por treinta y una cartas ficticias. En ellas, un demonio veterano, Escrutopo, instruye a su joven sobrino, Orugario, sobre cómo perder el alma de un hombre corriente. No le enseña grandes crímenes ni odios violentos, sino algo mucho más eficaz: la distracción, la tibieza, la mediocridad espiritual.
Lewis revela así una verdad profundamente evangélica; el alma no suele perderse de golpe, sino poco a poco.
Aunque Lewis pertenecía a la Iglesia anglicana, su pensamiento espiritual posee una cercanía notable con la fe católica. Comparte una visión sacramental del mundo, una comprensión realista del pecado y una profunda confianza en la gracia. En su obra no hay desprecio por la Iglesia visible, sino un amor sincero por la fe común heredada de los Apóstoles. En tiempos de fractura, Lewis recuerda que la comunión cristiana no se funda en uniformidades externas, sino en la verdad compartida de Cristo vivo.
Una reciente selección pastoral de diez cartas —utilizada en espacios de oración (aplicación Hallow)— permite recorrer el núcleo espiritual del libro. Estas cartas no siguen el orden literario, sino un itinerario catequético; identidad filial, tentación cotidiana, oración, miedo, prueba, tibieza, afectividad, mundanidad, valentía y esperanza final. El hilo conductor es claro, el demonio no busca que el hombre odie a Dios, sino que lo olvide.
Desde la primera carta seleccionada, Lewis insiste en un punto esencial, el cristiano es, ante todo, hijo. Cuando esta conciencia se debilita, la fe se convierte en costumbre y la religión en hábito vacío. La doctrina católica lo afirma con fuerza, por el Bautismo somos hechos hijos adoptivos de Dios y templos del Espíritu. Perder esta identidad no es un pecado espectacular, pero sí una derrota silenciosa.
En varias cartas, Lewis se detiene en las pequeñas tentaciones, esos "pinchazos" diarios que no parecen graves, una impaciencia justificada, una crítica ligera, una omisión cómoda. Aquí coincide plenamente con la enseñanza del Catecismo, que advierte que el pecado venial, cuando se normaliza, dispone progresivamente al pecado grave.
El demonio no necesita urgir al abismo; le basta con una pendiente suave.
La reflexión sobre la oración ocupa un lugar central. Escrutopo no intenta eliminarla, sino deformarla. Le conviene una oración mecánica, apresurada, desconectada del corazón. Esta advertencia resuena con la tradición mística católica. Santa Teresa de Ávila enseñaba que la oración es trato de amistad con quien sabemos nos ama. Cuando se pierde la conciencia de presencia, la oración se vuelve ruido piadoso.
Lewis aborda también el miedo y la ansiedad. El demonio se aprovecha del futuro imaginado para paralizar el presente. El cristiano deja de vivir en la confianza y comienza a vivir en la preocupación. Aquí la fe sacramental ofrece un antídoto poderoso: Dios se nos da hoy, aquí, en lo concreto, especialmente en la Eucaristía, sacramento de la presencia real y fiel.
Una de las cartas más incisivas es la que describe el "camino al infierno". No hay rupturas dramáticas, sino una lenta acomodación. El alma se vuelve razonable, prudente, moderada, hasta que pierde el ardor del Evangelio. El Apocalipsis llama a esto tibieza. La Iglesia lo reconoce como uno de los mayores peligros espirituales de todos los tiempos.
Lewis dedica una carta luminosa al amor humano. Reconoce la belleza del enamoramiento auténtico, pero advierte del riesgo de absolutizarlo. Cuando el amor deja de abrir a Dios y se encierra en sí mismo, se vuelve frágil. La visión cristiana, compartida por católicos y anglicanos, entiende el amor humano como camino de santificación, no como sustituto de Dios.
La crítica a la mundanidad es igualmente actual. El demonio celebra cuando el cristiano vive igual que todos, piensa igual que todos y evita toda diferencia incómoda. No reniega de la fe, pero la vuelve irrelevante. Frente a esto, la Iglesia recuerda que la valentía cristiana no es agresividad, sino fidelidad visible.
La carta final es una proclamación de esperanza. Ante la muerte, el demonio pierde. Descubre que nunca pudo amar. El alma, aun herida, es acogida por Dios. Aquí se manifiesta la verdad última de la fe cristiana, el mal no tiene la última palabra.
"Cartas del Diablo a su Sobrino" es una catequesis disfrazada de literatura. Nos enseña a vigilar el corazón, a cuidar la gracia, a no vivir distraídos. En un mundo saturado de ruido, Lewis nos recuerda que el combate espiritual se libra en lo cotidiano. Y que la comunión con Dios, vivida en la Iglesia, sigue siendo la victoria más profunda del cristiano.
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ORACIÓN FINALSeñor Dios, Padre de misericordia y fuente de toda luz, te pedimos humildemente que ilumines nuestro entendimiento y fortalezcas nuestro corazón.
Concédenos la gracia del discernimiento para reconocer las estrategias sutiles del enemigo, aquellas que no hacen ruido, pero enfrían el amor, distraen el alma y nos apartan poco a poco de Ti.
Danos sabiduría para vigilar nuestra vida interior, fidelidad en la oración, perseverancia en los sacramentos
y un corazón dócil a la acción de tu Espíritu Santo.
No permitas que la tibieza, la rutina o la mundanidad apaguen el fuego de la fe que Tú mismo encendiste en nosotros.
Ponemos nuestra vida bajo la protección maternal de la Santísima Virgen María.
Madre atenta y fiel, cúbrenos con tu manto, defiéndenos de las asechanzas del demonio y condúcenos siempre a tu Hijo Jesús, para que, permaneciendo en comunión con Él y con su Iglesia, vivamos en la verdad, en la esperanza y en el amor que no se apaga.
Amén.
saulportillo@hotmail.com