La victoria estéril, derrota de todos

La oposición consiguió lo que quería, pero perdió lo que buscaba

Por: Ricardo Castro Salazar

¿Y cuándo hayas derribado la última ley, y el Diablo se gire hacia ti, dónde te esconderás? (...) Sí, le daría al Diablo el beneficio de la ley, ¡por mi propia seguridad!

—Santo Tomás Moro en "Un hombre para la eternidad", de Robert Bolt.

Pese a la pirotecnia militar millonaria a costa del contribuyente y la amenaza trumpista de una invasión terrestre (2 dic, 2025), mi predicción se sostuvo: no hubo guerra ni ocupación. La oposición consiguió lo que quería, pero perdió lo que buscaba. Delcy Rodríguez, vetada en Europa por demoler el Estado de derecho, encarna la continuidad del régimen venezolano. Se impuso la Realpolitik: una invasión con bajas estadounidenses era un suicidio político en este momento; la única vía era una operación tipo Milosevic (Kosovo) o Gadafi (Libia), y acabó siendo una fusión evolucionada de ambas. Admito mi escepticismo sobre si Washington asumiría incluso ese riesgo sin una inteligencia impecable (CIA, infiltrados, satélites) que, evidentemente, poseía.

Irónicamente, la incursión nació de la fragilidad. Trump eludió tropas terrestres por pánico a las elecciones intermedias. Si fracasa gobernando su casa, asediado por la inflación, un desempleo creciente y desaprobación histórica (Gallup), es ilusorio que gobierne una nación ajena. Pero en tiempos de decadencia económica, el militarismo es el Viagra imperial, un estímulo artificial para inflar el patriotismo y paliar el descontento. Es un imperialismo bananero que reduce el hemisferio a una farsa geopolítica, disfrazando de interés nacional lo que no es más que codicia rapaz.

Invocar tiranías o el sufrimiento que causan para justificar la fuerza suplanta la ley por la doctrina del más fuerte. ¿Quién define el sufrimiento necesario para intervenir? Mañana, otra potencia violará el derecho internacional según su propia definición de "justicia", como hicieron antes los imperios coloniales y los soviéticos. La benevolencia selectiva no es justicia. No hay superioridad moral en "salvar" a una nación pisoteando la ley que las ampara a todas. A diferencia de las coaliciones en Libia y Panamá, aquí imperó el unilateralismo. Trump no sólo ignoró a Colombia, principal receptor de refugiados venezolanos, sino que atacó la legitimidad democrática de Petro por "izquierdista", ignorando que ese Gobierno "zurdo" también condenó el fraude de Maduro. Simultáneamente, en su farsante "guerra" contra el narco, indultó al expresidente hondureño, aliado de "derecha" y convicto por narcotráfico a gran escala.

Oponerse a la intervención no fue necedad izquierdista; el rechazo unió a los extremos, desde la ultraderecha de Le Pen (Francia) y Meloni (Italia), hasta cuatro senadores republicanos en Washington y el Papa León XIV. En México, intelectuales antichavistas y progresistas coincidieron: "la ilegalidad no se combate con ilegalidad" (Aguilar, Castañeda, Dresser, Krauze). La presidenta Sheinbaum reiteró lo que sabe cualquier estudiante de derecho internacional: la acción fue "una transgresión al derecho... y a la Carta de la ONU". Otros críticos señalaron la violación del Artículo 49 del IV Convenio de Ginebra. Aunque expertos de la misma ONU y unas 50 naciones también condenaron el fraude de Maduro, cuando un delincuente golpea a otro, no se convierte en policía; sigue siendo violencia al margen de la ley.

LA MORAL TUERTA DE LA "IZQUIERDA" Y LA "DERECHA"

Existe una indignación selectiva sobre el régimen madurista (aún en el poder), alimentada por la TV y los algoritmos de redes sociales, que no muestran las carnicerías menos "populares". Los "libertadores" a la carta no muestran la misma rabia contra los genocidios en Sudán, Gaza, Myanmar o el Congo, y las tiranías de Corea del Norte, Eritrea o Siria, por nombrar algunos. Quienes esperan prosperidad bajo la "administración" imperial deberían mirar a Irak: tras la invasión, el desempleo es mucho más alto, el tejido social se desintegró en sectarismo y la población cristiana se desplomó un 80% debido a la incivilidad. ¿Y qué decir de Afganistán? Veinte años y dos billones de dólares después, fue devuelta al oscurantismo talibán. La intervención no construye naciones, sino cementerios.

Celebro, junto con muchos venezolanos, que Maduro no continúe usurpando el poder, pero la democracia global sigue perdiendo. Lo más obsceno es el lucro desenmascarado. Trump violó cínicamente la fachada republicana al invocar el petróleo, no la libertad. Pisando la ley, no informó al Congreso, pero increíblemente notificó a las petroleras, reduciendo a María Corina Machado a un peón desechable en su tablero de hidrocarburos. Como expresó un exiliado venezolano: "Queremos libertad, no cambio de dueño." Emmanuel Rincón, antichavista radical, sentenció: "Apoyar invasiones imperialistas sólo cohesiona a la gente en contra. Es una estrategia idiota".

La izquierda trasnochada retuerce la historia al equiparar a Maduro con Salvador Allende. El chileno fue un socialista democráticamente electo que murió defendiendo la Constitución; el venezolano reinó pisoteándola. Por su parte, la derecha recalcitrante aplaude la fuerza bruta como si el "Tío Sam" fuera un arcángel redentor, olvidando que los intereses de Washington rara vez riman con el bienestar latinoamericano. Las viejas etiquetas de "izquierda" y "derecha" ya no explican este mundo roto (tema para otro ensayo).

El debate revela nuestra fractura moral. Nos hemos convertido en porristas de la barbarie siempre y cuando el bárbaro lleve nuestra camiseta ideológica. La premisa parece ser: "Tu dictador merece fuego y sangre; el mío es un mal necesario o un estratega incomprendido", mientras sólo nos conmueve el sufrimiento que el algoritmo de TikTok autoriza. Al justificar el crimen, ya sea del déspota que hambrea o del imperio que saquea, no somos ciudadanos que buscan justicia; somos cómplices patrocinando al verdugo.

El doctor Castro posee maestrías en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Arizona) y en Relaciones Internacionales (Universidad de Ámsterdam).

rikkcs@gmail.com