La diáspora del talento

En memoria de Ildefonso "Poncho" Chávez, quien sembró en el desierto

Por: Ricardo Castro Salazar

El mercado global, en su gran contradicción, celebra la libre circulación de mercancías, pero con frecuencia impone barreras devastadoras al intelecto. Un iPhone diseñado en California y ensamblado en China funciona igual en Tombuctú; un médico sirio o un ingeniero venezolano, al cambiar de país, se reinician a cero. Es la devaluación instantánea de una vida de estudio al cruzar una línea imaginaria. Pero el intelecto no se extingue; se transforma, espera o, en los casos más inspiradores, se reinventa para enriquecer a quien tuvo la audacia de recibirlo.

Si en mi artículo anterior me referí metafóricamente a la "Cuarta Nación" para explicar la magnitud de la migración global, aquí exploraré la arqueología de sus habitantes en tres breves anécdotas. Éstas ilustran la terquedad luminosa del talento humano; como el agua bajo la roca, que busca su grieta, gotea en silencio y, a veces, contra toda probabilidad, brota de nuevo en tierra ajena, más fuerte por haber sido comprimido.

EL CONTADOR QUE MULTIPLICÓ ESPERANZAS

La historia de Ildefonso "Poncho" Chávez desafía la caricatura del migrante como víctima pasiva. No era una hoja al viento; era un hombre de números, pero de gran sensibilidad, formado en el Tecnológico de Monterrey. Tuvo su despacho de contaduría y trabajó para la misma universidad y la Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma en México. Pero al cruzar hacia el norte, la frontera actuó como un disolvente de estatus. En Estados Unidos, su título universitario no le sirvió y tuvo que desempeñar labores no calificadas, incluyendo la limpieza de drenajes y otros duros trabajos. Le dije alguna vez que debería escribir su historia.

Poncho no aceptó la invisibilidad. Con una tenacidad de hierro, perfeccionó el idioma, volvió a estudiar contaduría en Pima Community College y la Universidad de Arizona, y reconstruyó su identidad profesional. En el proceso, expandió su gran vocación de servicio comunitario. Poncho se convirtió en director del Programa de Desarrollo Económico del Centro para el Emprendimiento del Eller College de la Universidad de Arizona, donde desplegó su gran compromiso con la comunidad migrante y emprendedora de Tucson.

A través del Programa Haciendo Business, enseñó a cientos de pequeños empresarios hispanos a profesionalizarse, devolviendo a su comunidad una riqueza mucho mayor que la que hubiera generado simplemente llevando libros contables. Falleció en enero de 2026, dejando una lección clara: el migrante no viene a restar, viene a multiplicar.

EL CIRUJANO CON CALLOS EN LAS MANOS

A miles de kilómetros al sur, en la bruma gris de Lima, la paradoja del desperdicio se repite. El doctor Juan Miguel Someter llegó a Perú en 2019, huyendo del colapso de Venezuela. En su maleta traía la capacidad de salvar vidas, pero en su nuevo hogar, la burocracia sólo le permitió usar la fuerza bruta.

Durante años, las mismas manos entrenadas para la delicadeza del bisturí tuvieron que cargar sacos de cemento y levantar muros en el sector de la construcción. "Traigo lo mejor de mí para salvar vidas", diría después, pero las barreras administrativas del mercado laboral sólo le permitieron usar sus músculos. Es la imagen más violenta del subdesarrollo inducido: un cirujano apilando ladrillos mientras, quizás a pocas cuadras, alguien moría por falta de un especialista.

Sin embargo, como en el caso de Poncho, la historia de Juan Miguel tiene un giro de redención. Gracias a un programa de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) que validó sus credenciales, pudo colgar el casco de obrero y volver a ponerse la bata blanca. "Es como un sueño hecho realidad", expresó, demostrando que la integración no es caridad, sino una transfusión de sangre vital para el sistema de salud que acoge su talento.

LA LEY SIN ESTRADO

Si el caso de Juan Miguel es físico, el de Marzia Babakarkhail es existencial. En Afganistán, Marzia era una jueza respetada, una encarnación de la ley que sufrió dos intentos de asesinato talibán. Cuando el fanatismo secuestró su país, su género y su profesión se convirtieron en una sentencia de muerte. Tuvo que esconderse en un alcantarillado para escapar.

Al llegar al Reino Unido, la mujer que dictaba sentencias se encontró sin voz. La transición fue brutal: de los estrados judiciales a la invisibilidad del asilo. Hubo momentos en que la sociedad la miraba y solo veía a una mujer con velo, apta quizás para limpiar, ignorando la biblioteca legal que habitaba en su intelecto. "Se burlaban de mí... decían que parecía una mujer que limpiaba", relató sobre el estigma que la perseguía.

Pero la justicia es una vocación, no un cargo. Marzia canalizó su conocimiento hacia el activismo, trabajando como asistente social para el parlamento inglés y haciendo campaña por los derechos de las mujeres afganas desde su exilio en Londres. Aunque ya no lleva la toga, sigue litigando el caso más importante de su vida: el derecho de las mujeres a existir con dignidad, demostrando que se puede despojar a alguien de su jurisdicción, pero nunca de su sentido de la justicia.

Poncho, Juan Miguel y Marzia fueron sobrevivientes de un naufragio silencioso. Sus historias nos obligan a preguntarnos: ¿cuántas empresas no nacieron, cuántas enfermedades no se han curado y cuántas leyes justas no se han escrito porque sus posibles autores estaban demasiado ocupados sobreviviendo? Al no ofrecer vías para validar el talento migrante, las naciones no solo desperdician capital humano; se empobrecen, desechando el activo más valioso de la era moderna: la mente humana.

El doctor Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.

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