La Cuarta Nación y la Hemorragia de la Inteligencia

"Lo que es necrosis para unos, es oxígeno puro para otros"

Por: Ricardo Castro Salazar

Es un sismo mudo. La economía global atraviesa una transformación tectónica impulsada no sólo por el capital, sino por la fuga de cerebros. En 2024, los migrantes internacionales sumaban ya 304 millones de personas. Si estos caminantes se tomaran de la mano para fundar su propio Estado, constituirían la cuarta nación más poblada del mundo. Superarían a Indonesia y Brasil, situándose justo después de Estados Unidos. Pero esta nación flotante no tiene bandera; tiene cicatrices.

Detrás de la cifra monumental se esconde un despojo brutal. Mientras las naciones "desarrolladas" acumulan patentes, los países "en desarrollo" se desangran de materia gris. En el Caribe y el Pacífico, la estadística es una sentencia de muerte lenta: en naciones como Haití o Jamaica, más del 80% de los ciudadanos con título universitario viven ya en el extranjero. Hoy hay más doctores jamaiquinos operando en el frío de Inglaterra, Canadá o EE.UU. que en el calor de su propia tierra.

La herida supura también en África. La Asociación Médica de Nigeria, el país más poblado del continente, confirma el desastre: unos 80 médicos abandonan el país cada semana (2024/2025). La hemorragia es tal que dos tercios de sus doctores ejercen ya fuera de sus fronteras. La lógica del mercado es implacable y cruel: un país pobre invierte sus escasos recursos en formar a un cirujano, sólo para que una nación rica lo coseche sin haber puesto un centavo. Se estima que el Sur Global pierde hasta 500,000 dólares por cada médico que emigra. Nos dicen que las remesas compensan la pérdida, pero es una mentira piadosa: el dinero que vuelve paga la cena, pero no opera corazones ni diseña puentes. No se puede "remesar" un sistema de salud.

Quizás el caso más conmovedor sea el de Filipinas, convertido en la enfermería del mundo desarrollado. A pesar de enfrentar su propia escasez crítica de personal, en 2024 el archipiélago suministró más del 50% de las enfermeras que ingresaron a Estados Unidos. Es una exportación de cuidado maternal a escala industrial: mujeres que dejan de cuidar a sus propios hijos y ancianos para sostener la mano de pacientes moribundos en hospitales de Nueva York o Los Ángeles.

Lo que es necrosis para unos, es oxígeno puro para otros. Estados Unidos no educa lo suficiente; importa. El sistema americano es una aspiradora de talento con una eficiencia del 80% al 90% en la retención de doctorados extranjeros en Inteligencia Artificial. Una gran parte de la élite que desarrolla la Inteligencia Artificial en Silicon Valley se formó en universidades de China o India. La innovación tiene acento foráneo en el mundo industrializado: según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), casi el 40% de los inventores nacidos en el mundo en desarrollo residen hoy en países del G20.

El resultado se mide en billones. Si miramos la lista Fortune 500, descubrimos que el 46.2% de estas corporaciones globales fueron fundadas por inmigrantes o sus hijos. Estas empresas de origen inmigrante generan 8.6 billones de dólares, una cifra que, si fuera un PIB nacional, sería la tercera más grande del mundo, eclipsando a Japón y Alemania. La innovación disruptiva sigue el mismo patrón: al combinar datos estadounidenses y británicos, se estima que el 62% de los "unicornios" (startups de alto valor) tienen fundadores inmigrantes o de minorías étnicas. Un estudio del National Bureau of Economic Research (NBER) encontró que, aunque los inmigrantes son sólo el 16% de los inventores en EE.UU., producen el 23% de todas las patentes y son responsables, directa o indirectamente, del 36% de la producción innovadora total del país.

Simultáneamente, el sistema global adolece de una ineficiencia y un despilfarro trágico. Sólo en EE.UU., hay aproximadamente 2 millones de inmigrantes altamente cualificados (médicos, ingenieros, maestros) que están desempleados o relegados a empleos de baja cualificación, como conducir taxis o labores de limpieza, debido a que sus credenciales no son reconocidas. Esto le cuesta a la economía de EE.UU. unos 39 mil millones de dólares anuales en salarios e impuestos perdidos. En un mundo hambriento de talento, tener a expertos conduciendo vehículos en lugar de innovando es quizás la mayor paradoja de la economía moderna.

Incluso en Canadá, la inmigración ya no es una opción, sino un respirador artificial, representando el 100% del crecimiento de su fuerza laboral. En Alemania, el 20% de las nuevas empresas nacen de fundadores migrantes. Y, sin embargo, la paradoja final es el suicidio del rechazo. El aislacionismo de la era Trump o la "Fortaleza Europa" de Orbán (Hungría), Meloni (Italia) y Kickl (Austria) no sólo generan gran crueldad, sino estupidez financiera. Al cerrar sus puertas, las naciones envejecidas no protegen su identidad; condenan sus hospitales, sus empresas y su innovación al declive.

*El doctor Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.

rikkcs@gmail.com