Los conflictos globales poseen el poder perverso de convertir un mapa en un tablero de exclusiones
Por: Ricardo Castro Salazar
A veces la guerra no destruye ciudades, pero destruye la posibilidad de transitarlas. Los conflictos globales poseen el poder perverso de convertir un mapa en un tablero de exclusiones, dividiendo al mundo no sólo por muros de fuego, sino por muros de sospecha. Dividen a la humanidad entre quienes creen en el dolor ajeno y quienes lo niegan; entre quienes ven en el refugiado a un hermano y quienes ven en él una amenaza. En el tablero del poder, el ser humano es el peón que siempre termina fuera de los límites del mapa.
Lo viví en la década de 1990 como una metáfora mínima en una oficina gris de la embajada de Siria en Amán, Jordania, donde fui a pedir una visa para viajar a Damasco. Al haber viajado primero a Israel, había evitado el sello de la visa israelí en mi pasaporte, solicitándola aparte. Era un procedimiento que permitían las autoridades para "proteger" a quienes viajaban por el Medio Oriente. Sin embargo, al haber cruzado por tierra desde Cisjordania, la geografía fue más delatadora que los visados. Mi trayectoria era una confesión muda. Bastó esa deducción para que, con una mirada de muro de concreto, un funcionario sirio me negara la visa.
Con evidente molestia, el funcionario me dijo que yo no era bienvenido en Siria, pues había pisado la "Palestina Ocupada". Un guardia armado me empujó "amablemente" hasta la salida. Mi ruta se convirtió en mi frontera. Bajo la lógica de la sospecha permanente, yo no era un ciudadano del mundo, sino un riesgo geopolítico. Pero mi expulsión era un privilegio de viajero; yo tenía un lugar seguro al cual volver. Afuera, Amán ya era una colección de exilios: palestinos "retornados" de Kuwait, iraquíes huyendo de las cenizas del Golfo y libaneses que arrastraban el eco de su propia guerra civil. Todos estaban marcados, no por su itinerario de viaje, sino por el estigma de haber nacido en el lugar equivocado de la historia.
En un viaje más reciente a Jordania, poco antes de que el mundo se cerrara por la pandemia, el panorama era distinto, pero igualmente desgarrador. Tras el estallido de la crisis en 2011, los sirios se habían fundido con el paisaje de Amán, conviviendo con antiguos campos de refugiados palestinos. Eran sobrevivientes de una nación que los devoraba o los expulsaba. Para finales de 2024, Jordania albergaba a más de 1.3 millones de sirios. Tras la caída del régimen de Asad en diciembre de 2024, se inició un proceso histórico de retorno; se estima que más de 170,000 regresaron en el primer año, mientras que casi un millón han regresado desde el Líbano y Turquía, esperanzados por el cambio político.
Sin embargo, en 2026, Siria sigue siendo una nación vaciada, una herida abierta en el costado del Mediterráneo. Lo que comenzó como un grito de libertad en la primavera de 2011 se transformó en el mayor cataclismo humanitario de nuestro tiempo. No fueron sólo las víctimas y edificios los que cayeron; fue el tejido social de una nación entera. Se estima que el conflicto desplazó a más de 13 millones de personas, más de la mitad de la población, incluyendo grandes desplazamientos internos. Fue una hemorragia de talentos, memorias y futuros; hoy, un tercio de los sirios aún vive fuera de sus fronteras, aguardando que la reconstrucción sea algo más que levantar escombros.
La migración siria no fue un flujo; fue un éxodo bíblico bajo el zumbido de los drones. Fue el cálculo desesperado de quien prefiere el azar de una barcaza, que podría ser más ataúd que barco, antes que la certeza de morir bombardeado en su propia casa. Y así, en los campos de Líbano y Jordania, aún hay cirujanos que venden cigarrillos en las esquinas y profesoras de literatura e ingenieras que limpian pisos. Aún no tienen hogar a donde volver, pues la guerra que les quitó el techo y el nombre también destruyó el 33% del fondo habitacional del país y más de la mitad de su infraestructura vital.
Según la narración bíblica, hace dos mil años, en su camino a Damasco, un hombre llamado Saulo cayó del caballo al ser cegado por una luz que lo obligó a ver lo que antes ignoraba, transformándolo en Pablo. Aquel sendero es hoy la metáfora universal de todas nuestras fronteras internas. El camino a Damasco sigue cegando, pero no por la luz de una revelación, sino por el polvo de las ruinas y el humo de la exclusión. Mientras Saulo recuperó la vista y abrió sus ojos para abrazar al otro, el mundo moderno parece haber caído del caballo sólo para cerrar los ojos con más fuerza.
Ante el éxodo de millones, desplazados por la violencia de la guerra, por la violencia de la pobreza o por la violencia de una naturaleza herida, las sociedades privilegiadas debemos elegir. ¿Seremos el guardia que empuja hacia la salida o seremos la luz que nos ayude a reconocer al hermano en el rostro del extraño? El nuevo Camino de Damasco no es una ruta de conversión, sino la prueba definitiva de nuestra propia humanidad.
El doctor Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.
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