"El bautismo del señor"

Del Jordán al mundo: Una iglesia que inicia el año desde el espíritu

Por: Saúl Portillo Aranguré

El inicio del año litúrgico nos ofrece siempre una pedagogía discreta pero decisiva. Apenas concluido el tiempo de Navidad, la Iglesia celebra el Bautismo del Señor y, con él, da comienzo al llamado Tiempo Ordinario. Lejos de ser un tiempo menor o de transición, se trata del tiempo de la vida cristiana concreta, donde la fe deja de contemplarse únicamente en el misterio y comienza a vivirse en lo cotidiano. No es casual que, casi en simultáneo, el Papa León XIV haya convocado su primer Consistorio extraordinario (reunión de todos los cardenales del mundo, se reunieron anteriormente en el cónclave, cuando lo nombraron, sucesor de Pedro y del Papa Francisco); proponiendo a la Iglesia un rumbo pastoral que, leído a la luz del Jordán, adquiere una claridad luminosa.

En el Bautismo de Jesús no hay palabras del Hijo, no hay gestos espectaculares ni discursos programáticos. Hay silencio, humildad y obediencia. Jesús se coloca en la fila de los pecadores y, en ese gesto, el cielo se abre. El Padre habla: "Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco" (Mt 3,17). El Espíritu desciende. Y así, antes de cualquier misión pública, antes de milagros o enseñanzas, Jesús recibe su identidad y su unción. La misión nace de la escucha, no del activismo. La fecundidad nace del Espíritu, no de la estrategia.

Este mismo principio ha sido retomado con fuerza por el Papa León XIV al inicio de su ministerio. En el Consistorio extraordinario celebrado tras la solemnidad de la Epifanía, el Santo Padre ha propuesto para el tiempo inmediato un año marcado no por la multiplicación de iniciativas, sino por una conversión misionera centrada en Cristo como luz que atrae. Inspirado en el profeta Isaías y en la Constitución Lumen gentium, el Papa ha recordado que la Iglesia no es luz por sí misma, sino reflejo de la luz de Cristo, y que sólo así puede orientar a los pueblos en medio de las tinieblas del mundo.

Uno de los acentos más claros del Consistorio ha sido la reafirmación de un principio ya enunciado por Benedicto XVI y reiterado por el Papa Francisco, "la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción". No es la Iglesia la que atrae, es Cristo; y si una comunidad cristiana resulta atrayente, es únicamente porque por ella circula la caridad que brota del Corazón del Salvador. "Sólo el amor es creíble", ha insistido el Papa, recordando que la fuerza de la misión no está en la persuasión, sino en la transparencia del amor vivido.

Aquí el Bautismo del Señor vuelve a iluminar el camino; Juan el Bautista no se presenta como protagonista. Señala: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Y añade una clave decisiva: "Él es el que bautiza con el Espíritu Santo" (Jn 1,33). Juan comprende que su misión consiste en hacerse a un lado para que el Espíritu actúe. La Iglesia, al iniciar este nuevo año, está llamada a la misma humildad, señalar a Cristo, no anunciarse a sí misma; dejar espacio al Espíritu Santo, no ocuparlo con ruido o protagonismos.

Otro eje central del Consistorio ha sido la insistencia en la comunión. El Papa ha sido claro, la unidad atrae, la división dispersa. Una Iglesia dividida pierde credibilidad; una Iglesia reconciliada se vuelve signo. Por eso, el Santo Padre ha subrayado que no hay misión sin comunión y que el primer testimonio que la Iglesia ofrece al mundo no es un discurso, sino el amor fraterno. Jesús lo dijo sin rodeos la noche de la Última Cena, "En esto conocerán que son mis discípulos, si se aman unos a otros" (Jn 13,35). El amor vivido es la forma más alta de evangelización.

Este llamado a la comunión se concreta en un método pastoral muy preciso, la sinodalidad. El Papa ha insistido en que el camino sinodal no es una moda ni una técnica de Gobierno, sino una forma evangélica de ser Iglesia. Escuchar antes de decidir, discernir juntos bajo la guía del Espíritu Santo, privilegiar procesos más que documentos. El Consistorio no busca producir textos, sino sostener una conversación que ayude al Papa en su servicio a la Iglesia universal. "Non multa sed multum": no muchas cosas, sino profundidad.

El inicio del Tiempo Ordinario, iluminado por el Bautismo del Señor, nos recuerda que el Espíritu Santo no viene sólo para momentos extraordinarios, sino para santificar lo ordinario: la familia, el trabajo, la comunidad, la vida parroquial, las decisiones pequeñas y grandes que configuran el día a día. El año que se abre ante nosotros no será fecundo por la cantidad de actividades, sino por la calidad espiritual con la que se vivan. Menos dispersión y más comunión. Menos ruido y más escucha. Menos protagonismo y más docilidad al Espíritu.

Así, del Jordán al mundo, la Iglesia comienza bien el año cuando vuelve a su fuente, escuchar al Padre, dejarse ungir por el Espíritu y señalar al Cordero de Dios. Sólo entonces podrá atraer sin imponerse, amar sin condiciones y caminar unida en medio de un mundo que sigue necesitando luz.

ORACIÓN FINAL

"Señor Jesús, Cordero de Dios, al iniciar este nuevo tiempo ponemos nuestra vida y nuestra Iglesia ante Ti.

Enséñanos a escuchar la voz del Padre y a dejarnos llevar por el Espíritu Santo.

Líbranos del ruido, de la división y del activismo vacío.

Haznos una Iglesia unida, humilde y creíble, que no se anuncie a sí misma, sino que te señale a Ti.

Que en lo ordinario de cada día sepamos vivir como hijos amados y testigos de tu amor en el mundo".

Amén.

saulportillo@hotmail.com