Adviento significa espera, pero no cualquier espera, una espera activa, amorosa, vigilante
Por: Saúl Portillo Aranguré
El calendario litúrgico vuelve a comenzar. Como un suspiro que renueva el aire en el interior de la Iglesia, llega el ADVIENTO, ese tiempo breve y profundo en el que la esperanza se hace camino, en el que la fe se vuelve espera amorosa, y en el que el corazón vuelve a aprender a latir al ritmo de Dios. El Adviento no es solamente un prólogo a la Navidad, es un ejercicio interior, un pulso espiritual que nos despierta, nos sacude, nos reordena y nos prepara para recibir al Señor que viene. Su nombre latino —Adventus— nos recuerda que todo en la vida cristiana nace de la venida de Cristo: vino, viene y vendrá.
AÑO NUEVO LITÚRGICO Y EL TIEMPO DE ADVIENTO
El Adviento inaugura el ciclo A, que tiene a san Mateo como guía. Su evangelio, tan profundamente marcado por la identidad de Jesús como Emmanuel —Dios con nosotros (Mt 1,23)—, nos ofrece la llave espiritual del año que comienza. En el fondo, toda la vida cristiana es aprender a reconocer a Dios caminando a nuestro lado, incluso cuando no lo percibimos. Y esa percepción sólo brota en un CORAZÓN RENOVADO.
La Iglesia nos enseña que la historia entera se mueve hacia Cristo. El Catecismo afirma que "toda la economía divina... converge en Cristo" (CEC 280), y que en Él "el tiempo se ha cumplido" (CEC 522). Por eso el Adviento es un tiempo privilegiado, un puente entre el tiempo humano y el tiempo de Dios, entre la historia que vivimos y la historia que Él transforma desde dentro. El año litúrgico no es un círculo repetitivo; es una espiral de gracia que cada año nos invita a subir un peldaño nuevo.
Adviento significa espera, pero no cualquier espera, una espera activa, amorosa, vigilante. Jesús mismo nos lo recuerda: "Velen, porque no saben el día en que vendrá su Señor" (Mt 24,42). Esta frase, que abre el Adviento en el ciclo A, no es una amenaza, sino una caricia espiritual. Nos invita a vivir despiertos, a no resignarnos a caminar con el alma apagada, a no acostumbrarnos a un cristianismo sin pasión. La vigilancia evangélica no nace del miedo, sino del amor. Uno sólo vela por aquello que considera valioso.
EL CORAZÓN HUMANO NECESITA RENOVACIÓN
Todos llevamos dentro cansancios que endurecen, heridas que opacan, rutinas que enfrían. El Catecismo lo expresa con belleza cuando dice que "el corazón del hombre es lo primero que debe ser evangelizado" (CEC 1430). El Adviento, entonces, no es un adorno espiritual, es una llamada a permitir que Cristo entre en esos lugares interiores donde algo se ha extraviado. Jesús no viene únicamente a un mundo abstracto; viene a mi historia concreta, con mi fragilidad concreta, con mi necesidad concreta de salvación.
En este Año Jubilar de la Encarnación, la mirada se dirige especialmente a ese misterio insondable del Verbo que "se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). El CEC explica que en la Encarnación "el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana para salvarnos reconciliándonos con Dios" (CEC 456). No existe renovación del corazón sin esta verdad luminosa: Dios se hizo uno de nosotros, asumió nuestra fragilidad, se acercó hasta tocar lo más humano para levantarlo desde dentro. A esto nos prepara el Adviento, a dejarnos tocar.
EL TIEMPO DE ESPERA TIENE DOS DIRECCIONES
La primera es escatológica, esperamos la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos. "Entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria" (Mt 24,30). Esta promesa no busca atemorizarnos; busca darle dignidad a nuestra esperanza. Ningún esfuerzo es inútil, ninguna lágrima queda perdida, ninguna fidelidad cae al vacío. El Adviento nos recuerda que la historia no se dirige al caos, sino a Cristo.
La segunda dirección es histórica, esperamos celebrar el nacimiento humilde del Señor en Belén. La liturgia nos lleva de la mano hacia esa noche silenciosa donde Dios entró en el mundo como un niño. El Catecismo nos recuerda que "al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia hace presente esta antigua espera del Mesías" (CEC 524). Pero no se trata de un recuerdo sentimental; es memoria viva. Belén es la certeza de que Dios entra suavemente donde encuentra un corazón dispuesto.
Y aquí el cristiano descubre una verdad que transforma, cada Adviento es una oportunidad para que Cristo vuelva a nacer espiritualmente en nosotros. No en símbolos, sino en realidad. Cristo se forma en el corazón que se abre, que se silenció, que se rinde, que reconoce su propia necesidad de ser amado.
MARÍA OCUPA UN LUGAR IMPRESCINDIBLE
En este camino interior, ella es el icono perfecto del Adviento, mujer de escucha, de disponibilidad, de fe paciente. Su fiat, pronunciado en la humildad de Nazaret, es la semilla más pura de toda renovación espiritual. Ella encarna lo que el corazón humano está llamado a vivir: confianza en la promesa, apertura a la gracia, y una espera que no desespera. María nos enseña que Cristo viene sobre todo a los corazones pequeños, despojados, sinceros. La verdadera preparación del Adviento se hace con su actitud, "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38).
El Adviento nos invita a limpiar la mirada, renovar la esperanza, reconciliar lo que dentro está roto, y volver a escuchar la voz de Dios que llama suavemente. Si dejamos que Cristo entre, algo cambia. Si lo dejamos reinar, algo cicatriza. Si lo dejamos venir, algo renace.
Para cerrar, quiero ofrecer una oración que nos abra a estas dos dimensiones del Adviento, la espera gloriosa del Señor que vendrá, y la preparación amorosa para el Dios que viene en la Encarnación.
ORACIÓN
"Señor Jesús, que vienes al final de los tiempos como Rey glorioso, despierta en nosotros la esperanza que no defrauda.
Que tu promesa ilumine nuestras luchas y nos recuerde que toda la historia encuentra su plenitud en tu presencia definitiva.
Y Tú, Verbo eterno hecho carne, que vienes humildemente en Belén, prepara nuestro corazón para recibirte de nuevo.
Renueva lo que está cansado, enciende lo que se ha enfriado, sana lo que duele y purifica lo que oscurece tu luz.
Haz de este Adviento un tiempo de encuentro, de silencio fecundo y de verdadera transformación interior.
Ven, Señor Jesús, en tu gloria futura y en tu cercanía presente". Amén.