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Solo por hoy

El olor del alcohol llegó a mí desde que era niño; en las fiestas familiares siempre estaba presente. Supongo que todos los adultos lo consumían. Admito que nunca vi desarreglos provocados por su consumo o no me daba cuenta por la inocencia que uno atesora de niño. No era como ahora en que el alcohol suele sacar la peor versión de muchos.

Su sabor lo conocí por error una vez que después de que mi madre me diera a tomar una mañana la famosa Emulsión de Scott que sabía a rayos, entonces tomé el primer vaso con agua que encontré en la cocina, pero resultó ser tequila que me supo tantito peor que el mentado multivitamínico.

Jesús Huerta Suárez
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Su sabor lo conocí por error una vez que después de que mi madre me diera a tomar una mañana la famosa Emulsión de Scott que sabía a rayos, entonces tomé el primer vaso con agua que encontré en la cocina, pero resultó ser tequila que me supo tantito peor que el mentado multivitamínico.

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Ya, el deseo de experimentar la embriaguez, lo sentí en la adolescencia, y, sin pedirle permiso o avisarle a nadie, tomé una cerveza de las que siempre había en mi casa en el refrigerador y me la tomé a “fondo blanco”. Admito que no me gustó en absoluto su amargo sabor, pero sí me gustó cómo la bebida “me movió el tapete”.

La primera borrachera la tuve en la secundaria cuando los tres compañeros que estábamos acampando en el patio de uno de nosotros, nos escapamos en la noche y fuimos a comprar un six pack de cerveza a unas cuadras de donde estábamos. Recuerdo muy bien esa noche de viernes, pues, además de escuchar discos de rock and roll, y hasta uno o dos temas de un disco de Dumbo que llevó uno de ellos. No éramos ni niños ni adultos. Éramos adolescentes de doce años jugando a ser “grandes”. Nos embriagamos totalmente con solo dos cervezas cada uno.

El tiempo pasó rápido y luego esto de tomar se convirtió en algo tan común que los mismos padres, no todos, pero sí la mayoría, celebraran nuestros cumpleaños con las famosas “barriladas” de cerveza con la idea de que “qué mejor que si los muchachos van a tomar lo hagan en casa y estén más seguros”, y hasta botanas nos ponían. Luego, lo que comenzó como un juego a ser adultos, se fue convirtiendo en un vicio y luego en un hábito. Así, poco a poco, fuimos viendo en nuestro entorno cómo cada vez más conocidos iban cayendo en el juego del alcohol. Juego que ha crecido tanto que se ha convertido en una especie de vórtice que te va jalando cada vez más fuerte hacia una vida de insatisfacción y dolor. Tomas para alegrarte y olvidarte de los problemas; para encontrarle “solución” a los problemas del mundo, mundo que cada vez te gusta menos, y logras desconectarte por unas horas, pero luego vas necesitando cada vez más bebida para borrar eso que quieres borrar, para olvidar o componer lo que no te gusta, y así sucesivamente la adicción va creciendo y creciendo haciendo que tu sombra sea más grande que tu alma.

Ha sido, también, esta pandemia que va para dos años sobre el mundo la que ha ido desencadenando una serie de demonios en nuestra vida que a veces dudamos en poder vencer, pero creo que nunca es tarde para comenzar a darnos cuenta que la verdadera libertad consiste en poder cambiar nuestra mente; en entender que la mente es la creadora de nuestra realidad, por lo que somos muy poderosos y debemos tomar el poder de nuestra vida y de nuestros sentimientos, aunque sea solo por hoy y con la ayuda de Dios.