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La calidez del fracaso

La nieve que recién había caído a los alrededores de mi hogar me hizo sentir en un mundo descolorido. Era apenas la tarde, pero daba la impresión de ser la noche. No había ni un solo rayo de luz en ninguna parte. Las flores que ayer pintaban mi sendero, seguían ahí, pero de un tono gris sombrío, totalmente ajenas a los colores que apenas unos días atrás regurgitaban residuos de alegría.

El viento frío y húmedo exhalaba sus soplos letales. Lo sentía cual navajas afiladas en mi rostro, mientras me secaba los ojos. Mis pies, cansados de caminar los mismos caminos, pedían a gritos un paño cálido en donde refugiarse.

Después de que la nieve cayó, llegaron las primeras gotas de lluvia. El agua líquida se fundía con el agua rígida; era el mismo frío que las fusionaba, mientras yo me extrañaba al reconocer que también lo álgido funde.

El ruido del viento y de la lluvia cayendo sobre la nieve era tal, que le siguió un silencio ensordecedor.

Mis manos secas y agrietadas, añoraban las caricias que ayer las calentaban. El otoño había llegado a mi cuerpo y a mi tierra. Los animales de la granja, al parecer, compartían mis sentidos. En silencio, uno junto al otro, compartían un pedazo de tierra seca. Ellos se tenían a ellos y, yo, no tenía a nadie, más que a ellos: Mis dóciles animales.

La desidia que albergué en mis brazos durante muchos veranos se abalanzó sobre sin piedad alguna, y me mostró que por algo primero es la juventud y luego la vejez: Para prevenir.

Hoy, justo cuando más lo necesitaba, la chimenea apenas se mantenía encendida, pues eran tan pocos los leños que junté, que los escatimaba.

Afuera no se veía nada, y por dentro todo olvidaba. De pronto el paso de una caravana distrajo mi atención y claramente escuché voces a lo lejos y los pasos que los guiaban. Al parecer, tenían un rumbo que seguir, mientras que yo, sólo esperaba otra mañana.

Los peregrinos, de seguro, a algún lugar habrán de llegar, pero yo no estaba tan seguro de volver a despertar. No importa, pensé, después de todo cada quien sabe hasta dónde puede llegar; lo que para algunos es un frío fracaso, para otros es un cálido triunfo.

La noche llegó serena y a tiempo, como si lo hubiera calculado. Cerré mis ojos y mi lecho se convirtió en mi consuelo, mientras la nieve se hacía agua de nuevo.

Espejo, espejo, te confieso que no puedo escapar de este vacío y no encuentro razones para hacerlo, pues este viejo sentimiento mío llegó de nuevoStyx

Jesushuerta3000@hotmail.com