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A doña Rufina, una mujer de unos sesenta años, la conocí en una estación de radio. Mientras me contaba su historia le evadía la mirada, pues sabía que verla a los ojos era comprometerse a ayudarla de alguna manera. Esa divagación visual terminó cuando mis ojos se enfocaron en los pies de doña Rufina. Nunca había visto unos pies tan dañados. Calzaba unas sandalias que ni para la basura estaban buenas. Sus pies estaban llenos de ampollas y muy sucios. Cuántos caminos habrán andado; con cuántas piedras habrán tropezado para estar así. Y comenzó su historia contando que era de Chiapas y se vino a Ciudad Obregón huyendo del hombre con el que su padre la cambió por un saco de frijoles cuando era una adolescente. ¡Un saco de frijoles!
Dice que desde los primeros días juntos comenzaron los maltratos por parte de su cónyuge que la veía como un simple objeto. Durante el tiempo que estuvieron entre golpes, violaciones y abusos tuvo seis hijos. Llorando, me dijo que tuvo que huir pues la tenía amenazada de muerte, y le pedía que cuando menos le devolviera el saco de frijoles que le había dado a su papá. Cuenta que su vida ha sido puro sufrimiento y pobreza, pero que ahora que llegó a Obregón se siente contenta de tener un cuartito de 3 por tres metros de madera y lámina; sin piso ni nada.
A doña Adelaida la conocí en su colonia, la Esperanza Tiznado, al sur de la ciudad. Ella es una mujer que aparenta tener unos setenta y tantos años. Es de mirada vivaz y risueña y es viuda desde los 24 años. Ya no quiso volver a casarse. Me contó que tiene tres hijos y que su hija menor se fue de “mojada”. Tiene tres años sin saber nada de ella y teme que haya muerto en el desierto al tratar de entrar al otro lado. Le dejó a sus siete hijos, quienes todos los días le preguntan por ella. Los siete nietos y ella viven en una casa de un solo cuarto; dijo: “vivimos como cochis”. No tiene ingresos, vive de la caridad. “Mis nietecitos y yo comemos quelites, verdolagas y les hago avena con mucha agua”. El mayor de los niños tiene 14 años y dice que tiene muy buenas calificaciones. Su triste historia contada con una sonrisa en la cara me llenó de lágrimas los ojos.
Ya en la quietud de mi hogar, las historias de estas dos señoras y de tantas otras que conozco, rondan en mi cabeza. Me desespero pensando en cómo podría ayudarlas; pensando en lo injusta que suele ser la vida para muchos; en los funcionarios corruptos que no sólo se roban el dinero del pueblo, sino que no hacen la tarea para evitar, en realidad, que haya tanta miseria; y en la urgencia de que cada quien se haga responsable de sus hijos y de sus actos.

“Míralos, están jugando al sindicato y a que están con Dios”
Gerardo Enciso

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