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Como casi nunca, manejé a baja velocidad el auto para observar las calles de Ciudad Obregón, luego de varios días de no recorrerlas.

Y me di cuenta de algo: ya no quiero vivir en esta ciudad. Alguien, conocido por muchos como coronavirus, la ha transformado y nos está dejando una comunidad triste, solitaria, llena de miedos.

Aunque desde muchos años atrás Ciudad Obregón tiene poca movilidad después de las ocho de la noche en algunos sectores, como las calles del primer cuadro, el observar esa quietud antes de las seis de la tarde, duele.

Porque nos encontramos de pronto con una ciudad cuyos habitantes han estado encerrados en una gran mayoría, porque muchos otros andan deambulando en busca del pan de cada día, y eso ha vuelto a esas amplias avenidas en reflejo de incertidumbre y desolación.

Esa no es la comunidad que queremos o necesitamos. Para poder recuperar la alegría y orgullo de ser obregonenses, se requiere de adultos a los que les agradan las tardes calmadas para observar en la laguna las puestas de sol y no aquellos a los que, por haber llegado a más edad, parecieran estar en la mira de cualquier toxina.

Pero también son una necesidad, las risas de los niños al visitar los parques cercanos a sus casas y jugar con los brinca brinca, sube y baja, columpios o simplemente una reta de basquet o futbol. Hoy esas chispas de energía parecen haberse confinado a cuatro paredes, sin mayor esperanza que, por su fortaleza, no caigan en las garras de este mal.

Podrá tener sus casos de ansiedad o angustia, pero Ciudad Obregón se caracteriza por su juventud con mucha energía o sus adultos aportando su talento, desde el amanecer, en el campo, en la oficina, en la escuela o en los hogares mismos.

Es, la nuestra, una comunidad llena de vitalidad que ahora parece apagarse con el paso de una enfermedad que hace sentir a cualquiera atrapado, indefenso o avergonzado incluso y no solamente por los enfermos y muertos por el covid sino por la indolencia de un Ayuntamiento que ni siquiera tiene la capacidad de convocar a sus integrantes a dialogar y establecer mejores mecanismos para salir de esta situación.

Y, para rematar, pareciéramos desamparados porque hasta quien cada noche nos exhorta a no dejarnos contagiar, el Secretario de Salud, aparece contagiado y, por su cercanía de trabajo con la gobernadora del Estado, pudiera haberla contaminado. Ojalá y no.

Son, pues, sentimientos encontrados que aparecen en alguien que, como yo, una vez adoptó como suya esta región y, sin olvidar sus raíces sureñas, desea aportar un granito mas para ver de nuevo vigorosa, solidaria, alegre y triunfante a Ciudad Obregón.

Si cada quien aporta su energía a evitar mas contagios de esta infame pandemia, seguro estoy de que pronto esta comunidad volverá a resurgir esplendorosa.

Hagamos lo que corresponda. Esta ciudad, esta entidad, esta nación bien se lo merecen.

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