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Me he dado cuenta que a través de grupos de chat o en redes sociales, muchas personas se han unido para la oración.

Chicos o grandes, los ciudadanos han sentido la necesidad de acercarse a esa fuerza suprema que, a través de algo que se le llama fe, puede hacer que lo imposible se vuelva posible.

Esta pandemia que ya mantiene aislados a todos durante mucho tiempo ha comenzado a de-sesperar, pero ha comenzado también el milagro de unir sentimientos, a las personas.

Pudiera ser que muchos antes ni siquiera se hablaran, pero ahora en busca de la salud de sus amigos o familiares, se han acercado para hacer juntos oraciones, de manera virtual sobre todo, en las que uno comienza las frases y el resto siguen las plegarias en sus respectivas computadoras o teléfonos.

Esa situación nos permite conocer que la sociedad, la humanidad en sí, necesita creer, confiar, en alguien más que quienes los gobiernan.

En medio de las mentiras que muchos gobernantes dicen para salir al paso de esta crisis y hacer creer que “todo va bien” cuando a nuestro lado están cayendo amigos, familiares y muchos otros vecinos que quizá nunca conocimos, cada ser humano voltea los ojos al cielo en busca de respuestas.

Quienes incluso habían olvidado que allá arriba está quien conoce al mundo desde todos los ángulos, hoy recurren de nuevo a esa mano y qué bueno.

Nada me asusta, pero ya los niveles de relajación moral de la sociedad han alcanzado niveles sorprendentes que asustan a quienes han sido educados bajo normas apegadas a parámetros religiosos y por ello es bueno que aun esas personas intenten buscar una ayuda divina.

Le hace falta a la humanidad alguien en quién creer y a quién confiarle sus penas. Muchos dirán que Dios no existe, pero sea cualquiera la idea que se tenga de todo lo celestial, también ellos requieren de aferrarse a una fe en lo desconocido que les haga superar los tragos amargos que esta pandemia ha dejado a millones de seres humanos.

Lógicamente la confianza del hombre se diluye ante el actuar de sus gobiernos. Nadie quiere confiarle su vida a quienes han despreciado las leyes para vivir a costillas del pueblo, incluidos aquellos que dicen querer transformar esta nación, pero en la vida cotidiana actúan peor que aquellos a los que sacaron del poder.

Nadie puede creer en aquellos que juraron cumplir y hacer cumplir las leyes, pero ante la menor amenaza de los delincuentes, les quiere prodigar besos y abrazos.

Es imposible restituir la confianza en las autoridades mientras las amenazas de quitarte de en medio porque no opinas igual que ellas, siga latente.

Tampoco es de fiar quien habla día tras día en contra de sus gobernados y fomenta el odio de clases solamente para ganar adeptos en el terreno electoral.

Por eso, la mirada de los ciudadanos se eleva y confían en que hay un Ser Supremo que le socorrerá en sus tribulaciones. Solamente con esa confianza, entre todos se habrá de construir “una nueva normalidad”, no como la que hoy intentan imponernos a su modo.

Comentarios: francisco@diariodelyaqui.mx